24 de julio de 2012

Ciento cincuenta.

Hoy he quedado con Delac, ya que él mañana se va al pueblo y no sé sabe cuando volverá. O al menos yo no lo sé, vamos. Salí de mi casa a las cinco y diez, esta vez me tocaba a mí ir a su barrio. Lástima que vivamos tan lejos, soy una cualquiera del extrarradio. Ojo, a veces está bien, pero otras mal. El calor era insoportable, creo que soy algo masoquista por salir a esa hora de casa, con lo bien fresquita que estaba con el aire puesto. Cuando iba caminando hacia la parada, en una cuesta que tenía que subir, vi venir a un perro bóxer (los feos esos, aunque tienen fama de cariñosos también) de frente. El perro iba solo, suelto, y el amo iba hablando con un hombre que iba a su lado.

Yo al venir ya veía por dónde iban a acabar los tiros: el perro se iba a acercar a mí, me iba a oler e iba a comenzar a ladrar; yo echaría a correr cagada de miedo y el perro detrás de mí.  Exactamente fue lo que pasó, pero en vez de correr (para no parecer más loca de lo que estoy) sólo anduve más rápido. El amo ni se enteró, así dejan las mierdas que dejan los perros por ahí, si ni siquiera los que deberían ser responsables lo son. Va a ser verdad eso de que los animales (concretamente los guauguaus) huelen el miedo humano y lo persiguen. Sin embargo éste parecía que no tenía muchas ganas de andar detrás de mí mucho rato: me siguió apenas unos metros (que se me hicieron eternos) y luego se paró a ladrar y ladrar. Cómo odio los ladridos de los perros.

Llegué a la parada del autobús sana y salva, aunque con un calor impresionante. Tuve que esperar unos cinco minutos hasta subir, minutos que aproveché para charlar con Delac sobre nuestros planes del día. Planes que cumplimos, pero no nos salieron como habíamos acordado. Subí al autobús a las cinco y veinticinco.

– Estoy dentro. Ahora arranca. Bueno, todavía no. ¡Estoy sola! Ya voy de camino. Pasamos por el recinto ferial. ¡Me quedo sin batería! ¿Por dónde vas?
– (Se ríe) Estoy en el ascensor, avísame cuando estés más o menos por el colegio.
– Ya estoy en la glorieta del cole. ¡Ahora en Coronel de Palma! ¿Tú?
– Ya casi llego.

Nada más bajarme del autobús ya quise volverme a subir a él: qué calor, por dios. Soy del norte, yo esto no lo soporto. Si hace frío, vale, te puedes poner capas y capas de ropa encima imitando a una cebolla; hace calor y ¿qué?, ¿vas desnudo por la calle?

Nuestra primera parada era en la Biblioteca Central. Había traído una lista de libros que alguien me había dado y me pensaba coger alguno. Sí, ya ya; para los más espabilados: es cierto que no tengo mi carnet de la biblioteca, en una de mis últimas entradas digo que lleva perdido (junto con el monedero, el DNI y cuarenta euros) mucho tiempo, pero mi madre me dejó su carnet y asunto arreglado (bueno, o no). Subimos los dos pisos de escaleras mientras Delac me agarraba de mi camiseta, se le veía cansado al tío.

– Busca la C de Cortázar.
– Vale.
– ¡No, no! La M de Juan Marsé.
– Valep.
– ¡Mejor, mejor! MEN de Eduardo Mendoza.
– Vaale…
– Bah, la K de Kafka.
– Búscalo tú o me pagas, ¡pesada!
– Anda, quita. De verdad que los hombres no servís para nada (sarcasm rul’z).

Después de encontrar el libro de La Metamorfosis y de un par de búsquedas en los anticuados ordenadores de la biblioteca, fuimos a hacer los ¿trámites? para que pudiera apadrinar a Kafka durante un mes. El muchacho que me atendió no parecía muy espabilado. Y encima era borde, caca de bibliotecarios. Mosqueada y sin libro fui a donde estaba Delac, que parecía intrigado mirando un libro que se llamaba “Hijas y Padres”.

– Estoy caducada.
– ¿¡Cóoomo!?
– Que estoy caducada – le enseñé el carnet de la biblioteca. – Caduqué el 7 de junio.
– (No sé cómo no le llamaron la atención con las risas que soltó) ¡Qué pringada! (risas y risas) ¡Pringui! (más y más risas) ¡Tooorpe! (y dale con las carcajadas).
– Bueno, vale ya, ¿no?
– Vale, vale. Jé… Uhm, ¿y no…? Jeje. ¿Y no puedes renovarlo con el DNI?
– El DNI es de mi madre, idiota, ¿quieres que le enseñe al borde de ahí el carnet de una mujer de cuarenta y cinco años?
– A lo mejor darías el pego.
– No te pego una ostia por no mejorarte (sí, un poco agresiva estaba hoy, sí).

En fin, que nos fuimos sin Kafka y cagándome en mi madre por darme un carnet caducado (te quiero, mami).
Nuestra segunda parada iba a ser otra biblioteca que estaba en el centro, ésta contaba con ordenadores con internet que no necesitaban tener usuario para meternos y una azotea abierta al público, donde pensábamos quedarnos un rato.

– (Delac) Está cerrada.
– No jodas.
– Jodo.
– Joder (ah, bonito juego de palabras).

¿Y ahora qué? Nuestra tercera parada debería ser el Burguer, estábamos enamorados los dos de la comida basura, de su grasa y de los helados que nos daban de dos euros. Yo no aguantaba más el calor y, pensando en el aire acondicionado del King, propuse saltar directamente a la tercera parada. De camino hacia el “establecimiento”, tuvimos una charla profunda.

– (Yo) ¿Has leído lo de nuestra Prima?
– ¿Prima? – me miró alarmado, sería bueno en el teatro. – ¿¡Somos familia!? Adiós a los planes de futuro.
– La Prima de Riesgo. Subió al 610 el otro día.
– Y hoy a 632, nuevo máximo.
– De eso no me he enterado. Y luego dicen que no necesitamos ser rescatados.
– ¿Qué fascista ha dicho eso ahora?
– El Ministro de Exterior, creo. ¿Creo? No sé, son todos iguales.
– Necesitamos ser rescatados más que el Titanic en su momento. Nos hundiremos como ellos… Me pido a Di Caprio.
– Yo al malo, al del flequillo feo.
– Pero ese es un cardo.
Pero vive, Di Caprio no.

Llegamos al Burguer y yo me pedí un helado de chocolate (llevaba ya tiempo sin tomarme uno); nos sentamos en una mesa con buenas vistas y nos quedamos callados. Y callados porque, sinceramente, estos días he estado más apartada de lo normal. Uh, no sé: llamadlo x. Delac metió la cabeza entre los brazos, que los tenía apoyados en la mesa y se quedó así algún rato. Pero no tardamos en volver a reiniciar la conversación, esta vez otra nueva.

– Tía, estás blanquísima – dijo Delac refiriéndose a mi piel.
– Tú has ido a la playa. Y yo desde siempre he sido blanca de piel.
– Ya, pero… ¡Joder, es que ahora se nota mazo! – juntó mi brazo con el suyo y comparamos colores. – ¿Ves, ves?
– Tampoco te creas que me gusta mucho estar morena.
– Ni a mí.
– Ya, pero tú lo eres – me miró raro, como si hubiera dicho algo malo. – Quiero decir… Aunque no te dé el sol sigues siendo mucho más moreno que yo o que muchos de la clase, ¿no? Tú siempre has sido morenito.
– Ya, ya.
– No he ido a la piscina en todo el verano – bah, sólo un dato de más.
– ¿No? ¿En serio? Bueno, a mí me gusta mucho más la playa que la piscina.
– Sep, y a mí. Pero cuando voy a la playa, si es que voy, no tomo el sol.
– ¿Cómo?
– Que no me echo en la toalla a dormirme horas boca arriba. Si voy lo que hago es meterme en el agua, aunque en contadas ocasiones, y pasear mucho por la orilla. De todas formas en el norte no hay mucho sol que tomar, ya sabes.
– ¿Y qué te crees que hago yo? No tomo el sol, pero me pongo a leer con la sombrilla [no se lo dije, pero me lo imaginé con unas gafas enormes que le ocupaban toda la cara y un sombrero de paja en mitad de la playa (no me odies)] o a pasear también.
– Yo no me concentro para leer en la playa.
– ¿Por qué no?
– No sé, psicólogo.

Y nos cortaron la conversación. ¿Quién? Un hombre ya entrado en años (aunque no demasiado viejo) y que olía francamente mal, con aspecto de vagabundo, se acercó hasta nuestra mesa. Empezó a hablar. Bueno, si a eso se le puede llamar hablar, porque, al parecer, tenía problemas para vocalizar. No, en serio: no podía pronunciar bien las palabras, así que ni Delac ni yo le entendimos. Al principio pensé que era una broma y solté una risita. No, no era una broma (o sí y el tío era buen actor). Después de esa charla que nos soltó de la cual yo no pillé nada, Delac y yo nos quedamos mirando extrañados.

– ¿Se puede saber de qué hablaba? – pregunté yo, entre la risa y el desconcierto.
– No sé, yo sólo le he entendido “Voluntad”
– Uhm, yo ni eso. Ah, mira, pasa por todas las mesas diciendo lo mismo.

Y era verdad: el tío pasó a la mesa de al lado y se dio un rodeo entero al Burguer echando el mismo monólogo a cada persona. Mientras lo hacía, Delac y yo volvimos a quedarnos callados. Yo ya me había terminado el helado, así que me limité a mirar a la mujer que estaba a unos metros de nosotros, que no hacía nada más que mirar a la ventana con gesto preocupado. Delac estaba de nuevo con la cabeza entre los brazos, así que le tiré del pelo (cariñosamente, todavía no se va a quedar calvo).

– Estoy muy sensible.
– ¿Hm?
– ¡Estoy muy sensible!
– ¿Qué? – se acomodó en el asiento. – ¿Por qué?
– No sé, y mira que yo no soy de esas.
– Ya, ya… Dímelo a mí.
– No, en serio. ¿Ves a esa mujer de ahí? – le dije susurrando, para que la señora no se enterara – Está esperando a alguien.
– ¿Por qué lo dices?
– Porque no para de mirar hacia aquí; bueno, hacia la ventana. Se la ve preocupada, la habrán dejado plantada. Pobrecita.
– Uy, Midons, esa empatía no me la esperaba yo de ti, ¿eh?
– Calla, ostias.

Y entonces volvió nuestro amigo el mudo. Esta vez ambos estuvimos más atentos, así que logramos seguir la ¿charla? que nos metía.

– A ver, ¿dinero?
El hombre asintió y volvió a repetir la palabra “Voluntad”. Habló de unas fotocopias, o al menos eso le entendí.
– ¿Voluntad? – volvió a asentir ante mi pregunta. – O sea, ¿lo que queramos?
No hacía nada más que asentir. Entendí “Lo que sea, monedas pequeñas” esforzando un poco el sentido auditivo, lo que daría por ser Daredevil (okayno, necesitaba decir alguna frikada, lo siento).

Delac me miró como diciéndome “No le des nada, es mentira”. Sí, normal, el hombre bien podría hacerse el tartamudo para ganarse unas pelas y gastárselas en lo que le saliera de ahí.
– Vale. Te voy a dar algo – metí mi mano en el bolsillo, mientras Delac negaba que él le fuera a dar dinero. – Toma, veinte céntimos.

– Qué ingenua eres – me dijo Delac una vez el tipo se fue.  – Seguramente se lo gaste en un porro o en alcohol.
– Ya.
– No se lo deberías haber dado.
– Que le pese en su conciencia, es su vida. Además, ¿veinte céntimos? Tampoco es tanto.
– ¡Son cuatro melones! – refiriéndose a los melones de chicle, mal pensados. – ¿Y fotocopias dijo?
– Eso creo.
– Bah, ¿pero quién se lo traga?

Me encogí de hombros y volví a mirar a la mujer que había sido plantada, pero ésta ya me estaba mirando a mí y me regaló una sonrisa. Justo después, antes de que volviera a sentir lástima por ella y decírselo a Delac, apareció una pareja joven y se sentó junto a ella. Así que a quien esperaba era a su hija y su novio (o su hijo y su novia); les echó una pequeña reprimenda por haber estado esperando tanto tiempo y luego se rieron por yo qué sé qué cosa.

– ¿Qué? ¿Ya estás animada?
– ¡Sí! ¡Saca tema!
– Debería haberme ido a Letras – resoplido por parte mía. – ¡En serio! Tal vez me arrepienta de escoger Ciencias.
– ¿Pero tú qué quieres ser?
– Multimillonario (risas). Vale, no. ¡No sé! Supongo que médico, pero lo veo muy imposible. Es una nota muy alta y la psicología no se me quita de la cabeza.
– ¿Nota muy alta? (oh, ahí viene mi monólogo) Tú te piensas que cuando estés en Bachillerato seguirás estudiando como ahora, viendo los estudios como los ves ahora. Piensas que no podrás ser capaz de pasar selectividad para hacer lo que quieres, porque la nota es demasiado alta. Te subestimas. Por ese entonces serás más maduro y le darás bien duro a los codos – Momento Silencio. – Y respecto a la psicología… Ya sabes lo que pienso.
– Sí: piensas que no sirvo para psicólogo.
– No: no te veo como psicólogo.
– ¡¿Por qué?! Todo se aprende, parece que ahora puedo ser muy cercano y todo lo que quieras, pero a medida que crezca puedo ir cambiando y ser un buen psicólogo.
– Yo no digo que no seas un buen psicólogo. A lo mejor hasta eres un experto, te haces criminólogo y te cambias el nombre a Patrick Jane de la serie El Mentalista, yo qué sé. Pero piénsalo: imagínate un accidente como el de Spanair, el del avión. Un amigo de mis padres iba a ir con toda su familia: nuero, hija y nietos; pero en el último momento se cambiaron las tornas y, en vez de él, fue su mujer al viaje con la familia. Imagínate el peso de conciencia que tiene ese hombre, ¿te verías capaz de ayudarle?
– Pues… ¿sí? No sé por qué piensas que no puedo hacerlo.
– Sólo digo que no te veo, no que no puedas hacerlo – contesté.
– Y entonces… ¿Qué? ¿Qué hago? ¿Hago ciencias y luego me paso a letras?
– Ese fue mi consejo.
– Pero me iría a Sociales, no a Humanidades.
– Haz lo que quieras, puedes hacerte sociópata.
– En realidad no hay mucha diferencia – Momento Silencio. – Pienso en esto y luego me acuerdo de Plástica y vuelvo a ser feliz por haber elegido ciencias.

Esta conversación se alargó mucho y mi memoria no da para tanto, sólo me acuerdo de que ya casi al final, se cambió el protagonista y fui el centro de la obra.

– ¿Sabes? Yo te veo ahora, sin conocerte, y diría que eres una persona de extrema letra.
– ¿Uhm?
– Sí, con tus gafas y todo… Das el pego, te lo juro.
– El día que fui a recoger las notas, cuando estaba esperando, la madre de Nothing me dijo, textualmente: “La verdad es que tienes unas pintas de escritora impresionantes. Con tus gafas, ahí tranquilita, sentadica…”  
– ¿Sí?
– Sep.
– Joooder.

Y justo entonces… ¡Volvió nuestro amigo el tartamudo! Nos dejó unos papeles pequeños, los iba dejando en cada mesa del Burguer, que decía, con letras grandes: “Abecedario para mudos españoles”. Cuando nos lo dejó a nosotros, nos dijo un gracias casi incomprensible.

– Al final fue verdad lo de las fotocopias, quién lo iba a decir.
– Ya ves…

Todavía sin quitarnos la sorpresa de que el hombre había dicho la verdad y no era un porreta cualquiera, Delac me dijo de forma muda y con ayuda del abecedario que nos acababa de dar el hombre, que nos fuéramos a pedir una hamburguesa. Cogimos un menú ahorro y nos volvimos a sentar, esta vez en otro sitio. En la mesa que estaba enfrente de nosotros había una chica y un chico de unos veinte años y puse el oído en su conversación (yo tan curiosa como siempre, yeah). Mandé callar a Delac (lo siento, debería habértelo dicho más educadamente y sin decir palabrotas) y agudicé más el oído.

– La verdad es que está fatal. A ver, entretiene, pero yo me esperaba mucho más. En los tráilers todo es más guay.
– Pero está mal hecho. ¿Por qué Hulk se podía controlar en la última batalla y no en el helicóptero ese raro? Vaya incongruencia.
– Y a Tony Stark y Bruce Banner no les veo yo con el pego de amigos científicos para nada.
– No me gustó, fue penosa.
– Sí. ¿Y la novia de Hulk? ¿Dónde estaba?
– ¡Es verdad! Liv Tyler (la del Señor de los Anillos para entendernos) no apareció en toda la película. El que sí que me gustó fue el malo y Thor, fueron geniales.
– Y el negro tuerto. Pero eso no quita que fuera una mierda.

Delac se estaba enfadando de que les prestase más atención a aquellos dos imbéciles (qué poco saben, qué poco saben) que a él mismo, así que intenté hacer oídos sordos a las tontunas que salían por sus bocazas. Esta parejita se fue al rato, y el asiento lo volvieron a ocupar otra más joven y con más pasión, se podría decir.

– ¿Has oído eso? – me dijo Delac en medio de la comida.
– ¿El qué?
– Estos de atrás – señaló con la cabeza a la pareja cachonda – se están dando el lote.
– (Me moví un poco y por el reflejo de la pared les conseguí ver) Sí. Está la tía encima del chico.
– Madre mía, qué corte…

Terminamos nuestra cena (porque sí, ya era cena) y Delac me acompañó hasta la parada del autobús. Como el mío no es uno que pase a menudo, hubo tiempo de una última charla de despedida.

– ¿Te has enterado de la noticia de Batman, en América? – pregunté yo.
– Sí.
Qué jodido cabrón.
– El… James Holmes era, ¿no?
– Sí. El niño más joven que murió tenía seis años. Vaya hijo de…
– Como para ir a Estados Unidos a ver una película.
– Lo cojonudo es que iba disfrazado de Bane y dijo que era el Joker. Me parece fatal que en América se pueda tener un arma como quien compra leche desnatada en el súper.
– Bueno, lo que me gusta es que están a favor de la pena de muerte en algunos Estados.
– Yo estoy en contra. Quiero decir: ¿ojo por ojo? Yo le veo más sufrimiento a la cadena perpetua, quedarse en la cárcel hasta el fin de sus días. Y si hace huelga como el etarra ése que liberaron por hacer huelga de hambre, que se consuma como perro que es.
– Sí, vamos: cinco años por matar a una persona y te quedas con tres por buen comportamiento.
– Eso es uno de los muchos errores de España, queridísimo amigo.

Y al fin termino. Cada mochuelo a su olivo.

Buenas noches.

3 comentarios: