21 de julio de 2012

Ciento cuarenta y ocho.

Si ahora mismo pasase un huracán por España, gritaría al cielo: “¡Huracán (insertar nombre de mujer aquí): llévate árboles, llévate edificios, pero no te lleves Internet!”.

Yo a mi amor por el ciberespacio siempre lo he llamado vicio. Ahora sé que Margaret Wertheim lo entiende como una suerte de religión. Y con esto, otro comenta: “Esta ciberreligión más que referirse a un sistema organizado de dogmas y creencias se refiere a una re-unión con lo inmaterial y corresponde a un credo heterodoxo que fusiona mitos, ciencia y fantasías de cómic y que ofrece al cibernauta la posibilidad de redimirse, de alcanzar la sabiduría, de encontrar el amor, de crear una especie de vínculo con lo divino, de satisfacer todas sus aspiraciones materiales e incluso de reinventarse una o más personalidades”.

Y es verdad. Hoy en día debe haber muchos otros seres humanos, además de mí, con crisis de fe, buscando cómo acercarse a lo espiritual sin encontrar respuestas tontas y absurdas, hombres y mujeres que cada vez se vuelven más escépticos (como yo, que he llegado al punto de considerar ignorantes, ingenuos, inocentes o neuróticos a todos aquellos que creen en brujería y en lo sobrenatural).

Ahora que leí de casualidad este párrafo de Naief Yehya, entiendo que soy sólo el resultado de mi época, un ser llenando un vacío con todo eso que Internet me ofrece, pues no tengo que ir a ningún lado para entablar conversación, ni arreglarme una hora para verme bien (cuestión de buscar una buena foto), no necesito comprar discos para poder oír música, ni libros para poder leer, ni enciclopedias para obtener información; no necesito mapas para llegar a ningún lado, ni doctores para saber qué me está pasando… Es más, ¿quién desea poseer un cuerpo (con lo molesto que es tener hambre, tener sueño, tener ganas, no tenerlas) cuando todo está al alcance de un clic en esta otra dimensión llamada ciberespacio?

Ahora me declaro seguidora (consciente) de la religión digital.

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