14 de julio de 2012

Ciento cuarenta y seis.

Ayer volví del pueblo, al fin. No me malinterpretéis, adoro mi pueblo: la tranquilidad, los pajaritos tralará, los mosquitos, el cielo despejado, el tiempo templado… No, sí, me encanta todo esto. Pero este año no ha sido así. El año pasado no salí del centro por diversas razones que no os importan, así que ya os podéis imaginar las ganas que tenía de salir de este particular infierno (y lo de infierno va por el calor, que no es poco), irme a mi pueblo y pasar cinco días en bici, de bodega en bodega y haciendo, si cabe, más el vago. Las expectativas estaban muy altas, y cuanto más alto, más dura es la caída, o eso dicen.

Mi abuela estaba enferma, como hace dos años cuando nos fuimos a Asturias a pasar dos semanas. Y cuando la abuela está enferma no hay dios que la aguante. No me volváis a malinterpretar, por favor, lo suplico: yo quiero mucho a mi abuela. Pero mucho, mucho. Los primeros días (el viernes, sábado y domingo), cuando estaba mi madre, estaba la mar de bien: era capaz de jugar la Liga de fútbol y todo, pero cuando la madre que me parió se vino de vuelta a Madrid (trabajaba toda la semana), mi abuela no se pudo quejar más. Ella tiene artrosis (o eso creo) pero el dolor que sentía (o que ella decía sentir), era diferente al de la artrosis. Sí, también era en la rodilla y también le dolía en el hueso, pero decía que era más agudo y que se le subía por todo el muslo.

– Mira, es que me duele por aquí… Luego sube por este lado, baja así un poco por aquí y me llega hasta ahí.
– (Por dentro) Te tendrían que contratar para hacer una nueva pista de Fórmula 1.
– (Por fuera) Uff, qué dolor. ¿Y no tienes pastillas?
– ¡Pastillas, pastillas! Esto no hay pastilla que lo pare…

Y, claro, es entonces cuando viene el típico sentimiento de todos los ancianos cuando le duele algo de “Me voy a morir”.

– Que Dios me acoja, por favor… (es extremadamente religiosa).
– No digas eso, mujer.
–… con los brazos abiertos.

Y no lo aguanto. Vamos, que no lo aguanto. Cuando a ella le duele algo todos deben de estar ahí, con ella, viendo cómo se queja y cómo llora. Yo salía a dar unas vueltas con la bici, pero llega un momento en el que me canso de subir y bajar cuestas. Y, encima, mis amigos estaban todos o de campamento o en su casa, y los pocos niños que había que eran (más o menos) de mi edad, son todos unos pijos. Mi única distracción era la bicicleta, subir y bajar cuestas; escribir en un cuaderno, porque no me llevé el ordenador; y ver Oliver y Benji. Sí, ya os podéis imaginar mi aburrimiento. Bueno, Oliver y Benji y Dragon Ball Z, que al menos esto último lo aguanto.

Se fueron tres veces de urgencias. Me quedé sola una noche, que ni me enteré (es lo que tiene dormir); una mañana entera y una tarde y noche, que la ingresaron. Este último día lo pasé francamente mal, un aburrimiento impresionante y mis ánimos estaban por los suelos. He de decir que me dieron dos pinchazos en el pecho de nuevo, pero el dolor fue breve.

– Mañana tienes que venir a León al hospital – dijo mi padre al día siguiente, yendo en el coche a un bar al pueblo de al lado.
– No.
– Que sí, que tienes que venir.
– No voy, yo a un hospital no voy.
Silencio.
– Es por ahí, papá.
– Ah, sí. - se saltó dos semáforos.

Me salí con la mía, al final no fui. Total, que otra tarde sola (con el gato, pero como si no existiera, joder cómo dormía), y otra vez con los ánimos a nivel del mar. Intenté hablar con alguien, aunque sea por el móvil, pero se ve que todos estaban ocupados. Vi una novela de Antena 3 (¿qué más iba a hacer?) y un poco de ciclismo. En principio nos íbamos a venir el domingo, luego se cambió la fecha al sábado y por último…

– Eh, oye, nos vamos el viernes.
– (Yo estaba medio dormida en la cama, echando la siesta) ¿Hm? Pero si nos íbamos el sábado.
– No, al final el viernes. Para estar aquí así…
– Pero a ver cómo está la abuela, ¿no?
– Sí, sí. Pero el viernes.

¡Toma ya! Por fin.

Pero el viaje en coche fue estresante. Había un atasco impresionante y el gato no se callaba ni debajo del agua, y eso que estaba drogado (le habíamos metido una pastilla de esas para calmarle). Y qué calor que hace aquí comparado con el pueblo, que no sentía los dedos de los pies por el frío. Llegamos a casa, me duché y… ya estaban la madre que me parió y el que hizo que pariera poniendo verde a la abuela.

– Todo tiene que ser como ella diga, todo.
– Si ya lo decía yo hace dos años: con ella sólo se puede estar una semana, porque es que no la aguantas, no la aguantas… – y mientras comiendo, a todo esto.
– Tu padre es un santo, no me explico cómo la ha aguantado todos estos años.
– “Es que no tengo más remedio”, eso dice él. Si todavía recuerdo cuando éramos crías (mi madre y su hermana) y mi padre llegaba del trabajo, comía solo y levantaba los platos él mismo, teniendo a su mujer y a sus dos hijas ahí. Y mi madre sin moverse, hasta la cena la tenía que hacer él todos los días, siempre atento a todo. Es un santo, un trozo de pan.
– ¡Muy egoísta, ella es muy egoísta!
– Sí.
– Sacando peros a todo lo que haces y poniendo verde a su marido, con lo bueno que es. Él bebe los vientos por ella.
– Como se vaya mi padre antes… Es que ni mi hermana ni yo podemos acogerla en casa, acabamos hasta los mismísimos.

Y blablablá. Sí, mucho blablablá.

Me fui a duchar y todavía blablablá.
Recogí la mesa y más blablablá.
Me vestí, que había quedado con Delac, y seguían con el blablablá.
Llegué a casa y… ¿ya no más blablablá? ¡Milagro!

En fin, que me han jodido las vacaciones completamente, porque éstas eran mis vacaciones, sí. Una semanita en el pueblo en julio y otra semana en el hospital en agosto. Pero qué divertido, hay que ver.

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