Bueno, el hecho es que lo guardó tan bien que no sabe dónde
está. Tenía unos cuarenta euros contados ahí, aparte del DNI y del carnet de la
biblioteca. No me he vuelto a acordar del monedero hasta hoy, que tengo que
hacer una fotocopia para la matrícula del colegio del DNI; los cuarenta euros
ya ni me importaban y el carnet de la biblioteca raramente lo iba a utilizar.
Bien, pues me pongo a buscar el monedero como alma que lleva el diablo, a toda
leche, revolviendo cajones, armarios, camas y paredes. Nada. Vuelvo a hacer
otro reconocimiento a la casa, más
exhaustivamente y… ojalá no lo hubiera hecho.
Fui a la habitación de mis padres y miré en la cómoda, donde
se guardan las pulseras, relojes, anillos y esos trastos. Encontré un sobre
transparente que me llamó la atención: una carta con la letra de mi madre. Al
principio me resultó raro. ¿Carta, a mano, no e-mail, no SMS, bolígrafo? ¿¡A
mano!? Abrí el sobre y me dispuse a leer las primeras líneas. Lo primero que
veo es la fecha, escrita en el margen superior izquierdo.
21/11/2002
Por ese entonces tendría yo, exactamente, cinco añitos. Tan
mona yo ahí con mis cinco años… Esperaba encontrarme con una carta de amor, de
esas que abochornan al volverlas a leer diez años después; o que, en cambio, te
hacen llorar al recordar ese tiempo ya pasado de juventud. Pero la primera
frase lo decía todo, y las que la seguían lo concretaban: “Bueno, esto se ha
terminado. No hace mucho que te dije que te daba una última oportunidad, pero
por lo que recuerdo llevo dándote oportunidades desde hace cinco años”. Paré de
leer.
– ¿Qué es eso, una carta de amor? – me dice mi padre, que
estaba en la habitación de al lado, y como teníamos las puertas abiertas, él me
veía perfectamente.
– Sí, sí.
Doblo la carta (que son tres folios escritos por anverso y
reverso) y la vuelvo a meter en el sobre. La meto en el cajón y lo cierro. No
quería leerla, yo no quería. Pero las circunstancias (mi madre viendo la tele y
mi padre en la otra habitación viendo una película) me decían que podía, y me
he permitido darle el vuelco a ese refrán que, creo, todos conocemos. Poder es querer (“querer es poder”), así
que quise leerla. Así como quien no quiere la cosa, fui a la habitación donde
estaba mi padre viendo Terminator (o al menos alguna del Suarseneguer ese).
– Baja eso un poco, ¿no?
– Vale, vale.
– Más. – insistí.
– ¿Más?
– Más.
– Ya.
– No. Más.
– ¿Ya?
– Ya. – me di la vuelta y, con un gesto aparentemente
inconsciente, empujé la puerta para cerrarla, o al menos dejarla todo lo
cerrada que se pudiera.
Me fui de nuevo a la habitación de mis padres. Abrí el cajón
y el sobre, cogí la carta y me la llevé hasta mi habitación a escondidas. Leí
un poco (la primera cara), pero mi madre me abrió la puerta y tuve que poner
los folios debajo de mí para que no me descubriera.
– ¿Qué quieres de cenar?
– No tengo hambre…
– ¿Qué quieres de cenar?
– ¿Qué hay?
– Comida.
– (…) Pues lo que sea, pero con carne.
– ¿Patatas o ensalada?
– No tengo hambre, mamá…
– ¿Ensalada?
– Patatas. – y se fue. Por los pelos.
Pero no me iba a quedar ahí para leer esa maldita carta, no
podía correr el riesgo de que volviese para preguntarme qué agua quería: ¿potable o no potable? Me metí la carta
debajo de la camiseta y fui hacia el cuarto de baño. Puse el pestillo y, por
fin, la leí hasta el final.
Como ya he dicho, estaba fechada en el 2002, a finales de
año. Una frase que me dejó el alma al nivel del infierno fue la siguiente: “Si
no soy feliz ahora, no me imagino diez años más a tu lado”. Y no seré una
cerebrito de las matemáticas, pero creo que han pasado diez años (para los
tiquismiquis, sé que se cumplirán en Noviembre). Supongo que os habréis hecho
una idea de qué contenía la carta. “El amor se acaba, Javi, y el mío ya lo hizo
hace tiempo”, “Si he aguantado tanto es por la niña, pero espero que al menos
por ella lleguemos a un acuerdo”.
Sí, es cierto que hubo una época en la que el matrimonio de
mis padres estaba completamente roto. Me pregunto de dónde sacaron el pegamento
para arreglarlo todo, si es que lo han comprado. A mis siete años o seis sí
había riñas gordas, me acuerdo que una vez mi padre no apareció por casa
durante días. “Es mejor dejarlo ahora, porque la niña cuanto más mayor es, más
lo va a sufrir”. También tiene razón. Las riñas todavía siguen, esta misma
tarde ha habido una, pero… es que lo veo tan normal que ya ni me impresiona. No
sabía que estuvieran así, sé que no son el matrimonio perfecto, tienen sus
riñas, sus momentos, sus discusiones… Y, de alguna forma, sabía que no eran del
todo felices. Al menos no mi madre. Y eso lo deja escrito en mayúsculas en la
carta.
Recuerdo que me lo intentaron explicar, que el amor se
termina pero los dos te vamos a seguir
queriendo igual; recuerdo que mis abuelos intervinieron muchas veces en las
discusiones que se formaban en el pueblo o en Asturias. Y todo lo he recordado
hoy, cuando leía la carta de mi madre que escribió hace diez años a mano y con
bolígrafo verde.
No sé si pedirles una explicación, si sacar el tema a
colación; o mejor quedarme callada como he estado todos estos años.
La cuestión es si ahora mi madre es feliz. Y si lo soy yo.
De una cosa estoy segura: el monedero lo va a buscar su tía.
De una cosa estoy segura: el monedero lo va a buscar su tía.
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