30 de septiembre de 2012

Ciento sesenta y ocho.

Ayer viernes no faltó el ya habitual capítulo de Juego de Tronos en mi casa, visto por Delac y por mí. Al verlo por segunda vez, me di cuenta de que a la primera se me escaparon muchas cosas. Y al leerme paralelamente el libro (porque me estoy leyendo el primero, sí, como una tonta, cuando ya me sé la historia del primer y segundo tomo), los detalles aparecen por doquier, algunos tan particulares como de qué color son los calzones del caballero de la izquierda, cuán llena está la copa de tal personaje en tal lugar, los escudos de los blasones de cada Casa, los lemas... Pero no voy a volver a hablar sobre mi nuevo vicio a esta serie (y libro), eso ya lo hice en una entrada y no voy a sonar repetitiva (repetitiva, repetitiva, repetitiva…). El caso es que ayer llovía. Sí, el tiempo, el tiempo… Llovía mucho, con ganas, con furia. Aún así, Delac y yo fuimos valientes y salimos a dar una vuelta después de ver el capítulo que nos tocaba. Sin embargo, poca cosa pudimos hacer más que una apuesta para ver quién aguantaba más bajo la lluvia (lógicamente sin el paraguas). He de decir que ganó él y perdió mi pelo. También entramos a una tienda de animales y nos quedamos absortos viendo a unos gatitos. Sobre todo al “gatito” que meaba, al cual sólo le faltaba el periódico (El País, a poder ser).

Como nos quedamos con ganas de más, decidimos volver a ver nuestras caras una vez más hoy, último sábado del primer mes del curso escolar, el más doloroso, ese mes que implica horror, sueño por las mañanas e insomnio por las noches, el que empieza por la vigésima letra del abecedario, sí hombre, esa de la que tanto alardean las serpientes… ¿Visualizado? Pues sí, es de ese mes del que estoy escribiendo. Como ayer llovió con ganas, mi madre no me dejaba salir sin paraguas: “no vaya a ser que te mojes, que entonces la liamos”. Así pues, tuve que hacer de hija adolescente en edad del pavo buena y cargar con el paraguas toda la tarde. No llovió. Ni siquiera hizo frío. Seguro que si no me habría llevado el paraguas habría caído el cielo entero en forma de agua, tantos litros que el mismísimo Noé habría tenido envidia de haber ¿nacido? en otra época.

Estaba llegando al lugar acordado en el momento no acordado (ya sabéis que yo siempre llego tarde), cuando me crucé con una pandilla de chicos de un año o dos mayores que yo. No tengo el sentido del oído agudizado, afortunadamente, pero no me hizo falta: el grito del alto del grupo lo debería de escuchar hasta mi abuelo (que está sordo, el pobre hombre…): “Eh, la tía no está mal, ¿eh?” Se lo conté a Delac por guasap (cosa tonta, ya que nos íbamos a encontrar en apenas unos tres minutos más):

— He pasado miedo. Ni les he mirado.
— (se ríe) ¿Les digo que eres mía y se acojonan o te dejo pasar miedo? Hm, no sé, no sé.
— ¡Hala! Y ahora ha pasado uno en bici por mi lado. Mayor, ¿eh? Latino. Y ha sacado la lengua de una forma… ¡Qué asco! Joder, yo no vuelvo.
— Esta será la última vez que tengamos que recorrer todo este camino, ya tengo el abono de octubre.
— ¡Qué bien!
— Pero tú tendrás que seguir pasando miedo, porque no tienes un abono (se vuelve a reír). Para ir yo a mi barrio está claro: autobús. ¿Para venir tú al mío? A andar.
— (emoticono de enfado)
— Oh, ¡ya te veo!
— Y yo, desgraciadamente… Espera, ¿me quito las gafas?
— La señora de detrás de ti, la que va con el perro, se parece a Alicia Sánchez Camacho.

Ya estando cara a cara, nos reímos. “Te lo juro, esa tía, en su vida anterior, ha tenido que ser un caballo. La boca que tiene no es normal, ¿te imaginas cuánta pasta de dientes debe gastar a la semana?”, dice Delac. “¿En su anterior vida? ¿Estás seguro de que no sigue siendo un caballo?”, respondo yo. Pobre mujer… Debe de sufrir de mandíbula, supongo. ¡Ah, y hablando de eso! Últimamente salgo de un dolor para meterme en otro: me duele la mandíbula. Llevo un tiempo notándolo, pero ayer (el viernes), cuando compré unos chicles, el dolor era inaguantable. Es justo debajo de la oreja izquierda, y ayer no podía apenas ni hablar; espero que sólo sea una forma sutil del Señor de decirme que “hablar de más está muy mal”.

He mencionado al Señor, ¿verdad? O Señora o Don o Doña o Chaval o Tío o Primo o Gilipollas, esa ilusión que se alimenta de la inocencia de los demás, ya sabéis. Y si no sabéis, leed sobre la Teoría del Big Bang.
Delac y yo fuimos a una azotea de un museo. Al entrar, casi abrazo a la mujer de seguridad: “Perdona, tienes que dejar el paraguas aquí”. Gracias, ¡gracias!, por hacer que me libre de esa carga por unos minutos, mujer de seguridad, aunque no entiendo para qué fin malvado puedo usar un paraguas. ¿Para hacer de palanca y robar algún cuadro? Apuesto a que antes se destroza el paraguas. Lo que os concierne que pasó en la azotea (no penséis mal, no pasó nada fuera de lo normal. Aunque vete tú a saber lo que consideráis normal) es que, mientras yo estaba leyendo una cosa en el móvil y Delac estaba… estaba ¿admirando las nubes?, escuchamos una voz.

¡¡El Señor!!

No, qué va. Sólo era “un señor” que debería estar con un micrófono unas cuantas calles más lejos, hablando sobre Jesucristo y lo importante que es para nuestras vidas que le amemos y adoremos y besemos y… En fin, a pesar de que su voz estaba amplificada, no logramos escuchar gran cosa, sólo oímos algunas frases sueltas. Y menos mal.

— ¡¡… y, Señor, perdónanos por los matrimonios inadecuados…!!
— (mirada que no hace falta explicar entre Delac y yo) (…)
— ¡¡¡Señor, abre los ojos a tus hijos bastardos, oblígales a sentirte, a oírte y a verte!!!
— La madre que me parió… (resoplido de Delac)
— ¿Pero eso qué es lo que es? ¿Dónde están?
— No sé, pero debe estar empezando, porque si hubiera llevado ya tiempo, nos los habríamos encontrado por el camino.
— ¿Vamos a ver?
— ¿En serio…? (…) Bueno, bueno, tú termina de hacer lo que sea que estés haciendo con el móvil y cotilleamos.
— Ya he terminado.
— Anda que qué prisa te das cuando te conviene.
— No lo sabes tú bien.

Tras recoger mi paraguas y salir del museo, unos cuantos pasos más tarde, llegamos a la biblioteca. La “música” nos había llevado a una especie de congregación, reunión o lo que sea al lado de la biblioteca municipal. Sí señor, justo enfrente de un lugar de estudio, de reflexión y sinónimo de tranquilidad, más de veinte personas alzaban las manos, se movían como si tuvieran el árbol genealógico propio de una culebra y gritaban como condenados. Era un concierto de música góspel o música evangélica, así que gritos, plegarias y ritmos pegadizos (aunque no por ello acertados) no faltaban. Delac parecía que tenía alergia. “Yo no me acerco más, ¿eh? Tú si quieres acércate, pero yo no, ¿vale? Déjame aquí, déjame aquí. ¡No me lleves! ¡¡Noo…!!” Conseguí que nos acercáramos un poco más, y pudimos distinguir que la mayoría (por no decir todos los presentes) eran latinos; la religiosidad en esas zonas no pasa de moda. Bueno, qué digo, aquí tampoco.

Al final, hice caso a las plegarias de Delac y nos marchamos de allí. Teníamos sed y, como parecía que el cielo no estaba por la labor de dejar caer unas pocas gotas de lluvia, nos fuimos a un chino a por unos refrescos. Pero sólo cogimos una lata, la compartimos, yo no tenía suficiente dinero para gastar (teniendo en cuenta lo que comeríamos después y que me iría en autobús), así que he de decirte ahora, Delac, que posiblemente mañana o pasado te duela la garganta. Cosas que pasan cuando eres generoso :)

— Oye, tú, estos tipos de aquí me dan miedo. Tienen pinta de malotes — dijo Delac. La verdad es que habíamos elegido un lugar muy poco apropiado para que unos niños ricos, mimados y más ricos (nótese el sarcasmo en la palabra “ricos”) se sentaran a hablar.
— Venga, hombre, ¿qué nos van a robar? ¿Los pantalones?
— ¡Dios, no! Los pantalones no… No, pero mira, ése no para de mirar hacia aquí.
— (…) Sí, seguramente esté pensando en darnos de comer hasta inflarnos como globos y luego comernos.
— No, no; venga, mejor vámonos.

Por segunda vez, le hice caso y echamos a andar. Y, oye, que nada, que al final no llovió. Alguna utilidad le debía dar al paraguas, que le tenía muerto de risa colgado de mi brazo derecho. Entre broma y broma, Delac puede denunciarme por maltrato físico (y psicológico), pero los moratones con los que mañana se levantará no se los va a quitar nadie. En la caminata, vi uno de los típicos anuncios de “busco compañero de piso blablablá…” que decoran (o estropean) las farolas. El anuncio en concreto, decía (está escrito tal y como lo encontré):

“WANTED!! SE BUSCA COMPAÑERO DE PISO, A PODER SER CHICO Y NO FUMADOR. LA PERSONA INTERESADA “A” DE LLAMAR AL SIGUIENTE NÚMERO: 123456789

Fui hacia Delac con el papel donde estaba el número apuntado en la mano.

— ¿La llamamos?
— ¿Qué dices? ¿Estás loca?
— Esta tía o tío busca compañero de piso.
— Estás loca.
— No, hombre, si yo estoy muy bien en mi casita, pero es que no sabe que las haches son mudas, no transparentes.
— (…) Pues yo no hablo.
— Vale, vaale. Llamo yo.
— ¡Pero ponlo en número privado, idiota!
— Oye… que no estoy sorda…
— “Almohadilla, treinta y uno, almohadilla y el número”
— Llamando…

Escuché un “¿Hola, dígame?” al otro lado de la línea y colgué. A la pregunta de Delac de “¿Por qué has colgado?”, tendría que haber contestado que me dolía la mandíbula y no podía hablar, pero eso ya sería hablar, así que la excusa no me servía. En lugar de eso, me encogí de hombros y le pregunté que a dónde íbamos ahora. Unos quince minutos después estábamos en el Burguer King, otra vez.

Nos sentamos en una mesa que no queríamos (esas sillas eran incomodísimas), cenamos un Menú Ahorro y yo me quedé mirando a una parejita de enamorados de prácticamente nuestra edad, año arriba año abajo. Lo que me llamó la atención no era lo cerca que estaban el uno del otro, ni siquiera la nariz sobrenatural de la chica, sino que el chico era ciego. ¡Qué monos! Pero Delac me apartó la mente de mi cotilleo diario:

— ¡Yo quiero ir a Londres!
— ¿Y por qué te ha dado ahora decir eso?
— Por tu sudadera.
— (bajé la mirada hacia mi sudadera en la que, efectivamente, ponía “London” con letras vistosas y bonitas y rojas y azules y blancas…) Ah, menos mal que me he acordado de vestirme, ¿verdad? Pero bueno, no va a poder ser… Siempre nos quedará Praga.
— ¿No era París?
— Sí, pero yo digo Praga. La segunda opción es Praga, ¿no?
— Yo a la República Checa no quiero ir, ¡yo quiero ir a Londres!
— Yo tampoco iría a una ciudad que rimase con braga.
— (risas, risas) Y vaga.
— Y traga.
— Y yaga.
— Y caga.
— (…) Y calla.
— Eso es asonante.
— ¡Pero rima!
— (…) Ábreme el kétchup.
— ¿Por qué debería hacerlo?
— Porque me quieres mucho y porque soy la mejor persona del mundo.
— Eso sería si fueras la única persona del mundo.
— (…) Te odio. ¿Pero me abres el kétchup?
— ¿Por qué debería hacerlo?
— En serio, Delac, que me duele la mandíbula y no puedo hacer fuerza (es verdad, ¿eh?)
— Vaale.

Terminamos de cenar, y nos fuimos otro lugar en el cual podíamos hacer lo que nos diera la gana, con tal de que los de seguridad no nos vieran coger los ascensores. En el camino del Burguer a ese lugar secreto, le conté una anécdota a Delac sobre mi infancia.

— Que sí que sí, que yo cuando era pequeña era tontita.
— ¿Cuando eras pequeña? ¿Segura?
— Era la típica chica que no sabía ni leer ni escribir bien su nombre. Y ya ni te hablo de las tablas de multiplicar. No sé cómo me las aprendí… En realidad, no sé si me las aprendí. Bueno, pero que no sabía leer siquiera, leía por sílabas, equivocaba las letras. ¡Me costó un montón aprenderme el abecedario!
— Cualquiera lo diría…  
— Fue gracias a mi mami (te quiero, mami), que si no me hubiera obligado a leer…
— (se ríe) Tendría que haberte visto de pequeña.
— ¿Te conté cuando me inventé un cuento?
— (niega con la cabeza) Aunque ahora me lo has contado.
— No, no. Verás: cuando estaba en 1º de Primaria nos mandaban leernos un libro cada mes. Uno de estos con muchos dibujitos y letras grandes, ya sabes, libros de niños. Una vez me tocó el más grande de los que había en la estantería, y me lo tenía que leer en un fin de semana. Lo de la vagancia me lleva persiguiendo desde pequeña, así que, como comprenderás, no me lo leí. Me acuerdo de estar con mi madre en la cocina, con el libro enfrente de mí, cerrado. Mi madre me preguntó si me lo había leído, y yo le dije que sí, que ya lo había terminado entero. Mientras ella estaba cocinando (me acuerdo que eran macarrones), me dijo que la contara el argumento del cuento.
“Pues yo, como no me lo leí, me inventé uno. No me acuerdo exactamente de qué iba, pero como el que supuestamente me tenía que leer iba sobre la Navidad, sobre los reyes magos, yo le conté algo relacionado con eso. Creo que era de un muñeco de nieve acomplejado por no tener nariz de zanahoria, y que sólo podía mover la bola de la cabeza para hablar. Cuando terminé de contárselo todo, mi madre me felicitó porque seguramente ella pensaba que no me lo había leído (y estaba en lo cierto), y luego me pidió el libro para ver los dibujos. Yo me negué rotundamente y ella persistió. Grité que no, que no se lo iba a dar, le dije que hasta era mío y que no lo podía tocar, que quemaba y que se podía hacer daño. Ella se rio y, al ver que seguía intentando cogerme el libro, salí pitando de la cocina y fui a su habitación. Mi madre me perseguía, ya un poco cabreada y, cuando vi que me iba a pillar, tiré el libro por la ventana.”
— (carcajada) ¡No jodas!
— Sí. Al lunes siguiente, mi madre me acompañó al colegio y dijo al director: “el libro se extravió, lo siento muchísimo”.
— Madre mía (seguía riéndose).

Sí, seguía, y no paró hasta que por fin llegamos al lugar secreto. Lo primero que hicimos fue meternos en el ascensor. Las escaleras, las escaleras… Para escaleras ya tenemos el instituto. Pero creo que a partir de ahora las subiré más de vez en cuando.
Delac le dio al tercer piso. El botoncito se iluminó. Se cerraron las puertas. Y el ascensor no se movió. Pánico.

— ¡Ay Dios, ay Dios!
— (yo estaba a punto de darle al botón de la campanita…)
— ¡Pero abre las puertas, ábrelas!
— (… pero le di al de abrir las puertas).
— ¡Ay, que no se abren…!

Tras unos forcejeos mano a mano con las puertas del ascensor, conseguimos salir sanos y salvos. Ya es la segunda vez que me pasa esta semana. Nunca me he quedado encerrada en un ascensor. No al menos que yo me acuerde porque, según me contó mi padre, cuando todavía era muy muy pequeña y veníamos de comprar el pan,  mi padre y yo nos quedamos encerrados en el ascensor de casa. Pues este jueves, al volver del instituto, me volvió a pasar lo mismo: las puertas se cerraron, el ascensor no arrancaba, las puertas luego no se abrían… Pero al final el ascensor subió como de costumbre. Iba con una chica que estaba más nerviosa que yo. Cuando yo me bajé en el 4º, ella hizo lo mismo y subió lo que le quedaba por las escaleras.

Nos quedamos un tiempecito en otra azotea, admirando el espectáculo de una calle abarrotada por viandantes y conteniendo las ganas de hacer un torneo de escupitajos, plagiando al Titanic. Nos fijamos en un edificio que estaba enfrente de nosotros. En una de las ventanas más altas, se veía claramente la sombra de una señora, con pose recta y al parecer con los brazos cruzados. Daba miedo, impresión. La luz le daba de espaldas, así que el impacto era mayor. Y no se movía, parecía una estatua. Ya la íbamos a catalogar de fantasma inamovible cuando se giró y cambió de posición para ponerse de perfil. No sé qué daba más miedo: si ella de frente, imponente… o de lado, dejando a la vista el contorno de su tripa de Mamá Noel. A partir de ahí, nos dio por los fantasmas.

Y así me quedo, con la promesa de escribir una entrada sobre fantasmas, una que me prometí a mí misma que haría. Pero tiempo al tiempo…

2 comentarios:

  1. hola!!! me e encontrado con tu blog y la verdad me ha gustado mucho Delac y tu me encantais sigue asi me pasare de vez en cuando!!!

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  2. A mi también me gustó, sigue así.

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