Sé feliz, no pienses, sigue el rebaño, no hagas caso a los
radicales que buscan preguntas y jamás encuentran respuestas. No sabes ni quieres
saber lo que es un libro; teme las inquietantes palabras que encierran, evita
la mirada de aquellos que los leen. Ellos son infelices por naturaleza, incapaces
de conformarse, contaminando el alma de los felices. Malditos sean. ¿Quiénes se creen que son para declarar que el ser
humano es una cáscara vacía? ¿Sólo porque han leído? Si la gran mayoría se
siente incómoda ante un texto impreso, si no soportamos los pensamientos que en
ellos encierran, si el Gobierno nos exige que no destapemos la caja de Pandora…
¿quiénes somos nosotros para desafiarles? Ellos velan por nuestro bien, por
ello se creó el Cuerpo de Bomberos, para impedir que la letra impresa nos contamine.
Dejémosles hacer su trabajo, dejemos que el papel se carbonice, que su tinta se
transforme en humo: los pensamientos de los infelices convertidos en cenizas.
Dejemos que el fuego purifique, porque a fin de cuentas es lo que hace un
bombero: transforma la inmundicia en un bonito fuego que ilumina las casas
impuras de madrugada. ¡Qué espectáculo! Y, si algún radical se ve atrapado
entre esas llamas, en ese fuego… mejor que mejor. ¡Que todas las ratas se
quemen! ¡Ellos amenazan nuestro mundo y se lo merecen!
La vida de un ciudadano es sencilla. En el trabajo, en el
hogar, en el transporte público, a cualquier minuto de cualquier hora las
mentes se ven bombardeadas por las televisiones, ningún instante queda libre
para el pensamiento individual. Los programas de persecuciones, la publicidad,
los deportes retransmitidos…, todo ello escupido de forma constante y
machacona, todo ello impide que alguien pueda pensar de una forma autónoma,
salvo los radicales. La felicidad en estado puro, estímulos hasta la hora del
sueño saturan el cerebro de los buenos ciudadanos, los anestesian. Por su bien.
La gente no mira a sus familiares o vecinos, no se pregunta qué les ocurre o
por qué suceden las cosas. Es incómodo y no conduce a nada bueno. Hace años que
se eliminaron los espacios grandes: la gente se reunía a su alrededor y
discutía sobre los asuntos de actualidad, y no solucionaban nada. Sólo
insatisfacción, sin aportar nada al mundo. Ahora, ante cualquier intento de
entablar una conversación, la gente lanza miradas furiosas, corre o reacciona
violentamente. Así se corta de raíz cualquier intento de los radicales de
transmitir su insatisfacción respecto al mundo. Y el Gobierno ayuda: en cuanto
detecta a alguien que, por naturaleza o educación, piense y se pregunte cosas,
enseguida se la intenta reeducar. Se
quitan a los niños de sus familias muy pronto. El Gobierno tiene formas de
identificar desde pequeños a los futuros radicales. Y, si esto funciona,
desaparecen un día y no se los vuelve a ver. Es necesario. Estamos en guerra. Y
la necesidad obliga, hemos de estar unidos. El Gobierno sabe lo que hace. Es
por nuestro bien. El Gobierno no quiere que la guerra nos preocupe, prefiere
que la olvidemos. Ellos saben lo que hacen.
Los jóvenes se matan unos a otros. Los mayores se suicidan a
menudo. ¡Víctimas colaterales! El resto de nosotros es feliz… salvo los
radicales, antisociales por naturaleza. Asumimos pérdidas para que el conjunto
gane, el triunfo de la mayoría. No nos interesan las minorías en absoluto, hay
que ser feliz.
Fahrenheit 451 es una crítica clara a la sociedad de nuestra
época, una visión que es hasta profética dado el año de su publicación. Ahora
mismo, estamos en una sociedad que margina a la cultura, rebajándola a niveles
muy por debajo de lo debido, repleta de cosas interactivas y adictivas. La
televisión como único protagonista en nuestras casas, una influencia que se
extiende por todos los niveles de la sociedad, desde el más rico hasta el más
pobre. Las obras escritas se ven ahogadas por otras más superficiales, de
dudoso valor y de consumo masivo. Estamos en los primeros párrafos de la
marginación cultural primera que profetiza
Bradbury. La realidad sigue los mismos pasos que la novela, y aunque podríamos
pensar que es impensable un final similar, lo cierto es que en muchas épocas de
nuestra historia la cultura fue considerada peligrosa. Las visiones diferentes
y sorprendentes que podrían abrirnos los ojos a una sociedad nueva, nos dan
miedo. Solemos preferir la comodidad a lo conocido, cotidiano y seguro. Las
guerras que están a la orden del día, guerras por motivos económicos, guerras
consentidas por la sociedad, son un síntoma claro: mientras mantengamos nuestra
rutina intacta, el resto no es tan importante. Cuando algo no nos afecta
directamente, tendemos a no comprometernos y dejamos pasar de largo estupendas
situaciones para defender los derechos tan duramente ganados.
Libros como éste nos pueden ayudar a comprometernos con
nuestra propia sociedad, admitiendo al mismo tiempo la individualidad. Aprender
que todos somos diferentes y que tenemos distintas necesidades. Respetar
las ajenas. Los primeros pasos para admirar y conservar una sociedad
heterogénea, con muchos puntos de vista. Las mezclas homogéneas no tienen
personalidad. En ocasiones, nos vemos (y me veo) tentados a defender lo nuestro
sin considerar lo ajeno, sin darnos cuenta de que no somos los únicos en el
mundo. No hay que caer en actitudes poco lógicas, no hay que tratar de defender
lo indefendible. Pero tampoco podemos marginar, encarcelar, asesinar y quemar a nuestros conciudadanos por
pensar diferente.
Si arrinconamos a los libros, el Sabueso se volverá una
realidad.

Unj libro muy profundo, desde luego. Tengo que leérmelo.
ResponderEliminarAunque no sé cómo... (frustración, frustración).
Yo te lo dejo, obviamente.
ResponderEliminarMuy buena la crítica, Midons. Como siempre.