17 de septiembre de 2012

Ciento sesenta y seis.

Un mundo feliz, sin preguntas, sin curiosidad, con los sentidos bombardeados una y otra vez por estímulos vacíos pero placenteros. Un mundo sin chicha pero feliz, pendiente de las televisiones interactivas. No existe nadie a quien las preocupaciones agobien en exceso: hay que trabajar para ganarse la vida, pero ello no quita el sueño a nadie. Hay muy pocos con curiosidades intelectuales que les lleven a hacerse preguntas incómodas y poner en peligro su felicidad.

Sé feliz, no pienses, sigue el rebaño, no hagas caso a los radicales que buscan preguntas y jamás encuentran respuestas. No sabes ni quieres saber lo que es un libro; teme las inquietantes palabras que encierran, evita la mirada de aquellos que los leen. Ellos son infelices por naturaleza, incapaces de conformarse, contaminando el alma de los felices. Malditos sean. ¿Quiénes se creen que son para declarar que el ser humano es una cáscara vacía? ¿Sólo porque han leído? Si la gran mayoría se siente incómoda ante un texto impreso, si no soportamos los pensamientos que en ellos encierran, si el Gobierno nos exige que no destapemos la caja de Pandora… ¿quiénes somos nosotros para desafiarles? Ellos velan por nuestro bien, por ello se creó el Cuerpo de Bomberos, para impedir que la letra impresa nos contamine. Dejémosles hacer su trabajo, dejemos que el papel se carbonice, que su tinta se transforme en humo: los pensamientos de los infelices convertidos en cenizas. Dejemos que el fuego purifique, porque a fin de cuentas es lo que hace un bombero: transforma la inmundicia en un bonito fuego que ilumina las casas impuras de madrugada. ¡Qué espectáculo! Y, si algún radical se ve atrapado entre esas llamas, en ese fuego… mejor que mejor. ¡Que todas las ratas se quemen! ¡Ellos amenazan nuestro mundo y se lo merecen!

La vida de un ciudadano es sencilla. En el trabajo, en el hogar, en el transporte público, a cualquier minuto de cualquier hora las mentes se ven bombardeadas por las televisiones, ningún instante queda libre para el pensamiento individual. Los programas de persecuciones, la publicidad, los deportes retransmitidos…, todo ello escupido de forma constante y machacona, todo ello impide que alguien pueda pensar de una forma autónoma, salvo los radicales. La felicidad en estado puro, estímulos hasta la hora del sueño saturan el cerebro de los buenos ciudadanos, los anestesian. Por su bien. La gente no mira a sus familiares o vecinos, no se pregunta qué les ocurre o por qué suceden las cosas. Es incómodo y no conduce a nada bueno. Hace años que se eliminaron los espacios grandes: la gente se reunía a su alrededor y discutía sobre los asuntos de actualidad, y no solucionaban nada. Sólo insatisfacción, sin aportar nada al mundo. Ahora, ante cualquier intento de entablar una conversación, la gente lanza miradas furiosas, corre o reacciona violentamente. Así se corta de raíz cualquier intento de los radicales de transmitir su insatisfacción respecto al mundo. Y el Gobierno ayuda: en cuanto detecta a alguien que, por naturaleza o educación, piense y se pregunte cosas, enseguida se la intenta reeducar. Se quitan a los niños de sus familias muy pronto. El Gobierno tiene formas de identificar desde pequeños a los futuros radicales. Y, si esto funciona, desaparecen un día y no se los vuelve a ver. Es necesario. Estamos en guerra. Y la necesidad obliga, hemos de estar unidos. El Gobierno sabe lo que hace. Es por nuestro bien. El Gobierno no quiere que la guerra nos preocupe, prefiere que la olvidemos. Ellos saben lo que hacen.

Los jóvenes se matan unos a otros. Los mayores se suicidan a menudo. ¡Víctimas colaterales! El resto de nosotros es feliz… salvo los radicales, antisociales por naturaleza. Asumimos pérdidas para que el conjunto gane, el triunfo de la mayoría. No nos interesan las minorías en absoluto, hay que ser feliz.



Fahrenheit 451 es una crítica clara a la sociedad de nuestra época, una visión que es hasta profética dado el año de su publicación. Ahora mismo, estamos en una sociedad que margina a la cultura, rebajándola a niveles muy por debajo de lo debido, repleta de cosas interactivas y adictivas. La televisión como único protagonista en nuestras casas, una influencia que se extiende por todos los niveles de la sociedad, desde el más rico hasta el más pobre. Las obras escritas se ven ahogadas por otras más superficiales, de dudoso valor y de consumo masivo. Estamos en los primeros párrafos de la marginación cultural primera que profetiza Bradbury. La realidad sigue los mismos pasos que la novela, y aunque podríamos pensar que es impensable un final similar, lo cierto es que en muchas épocas de nuestra historia la cultura fue considerada peligrosa. Las visiones diferentes y sorprendentes que podrían abrirnos los ojos a una sociedad nueva, nos dan miedo. Solemos preferir la comodidad a lo conocido, cotidiano y seguro. Las guerras que están a la orden del día, guerras por motivos económicos, guerras consentidas por la sociedad, son un síntoma claro: mientras mantengamos nuestra rutina intacta, el resto no es tan importante. Cuando algo no nos afecta directamente, tendemos a no comprometernos y dejamos pasar de largo estupendas situaciones para defender los derechos tan duramente ganados.

Libros como éste nos pueden ayudar a comprometernos con nuestra propia sociedad, admitiendo al mismo tiempo la individualidad. Aprender que todos somos diferentes y que tenemos distintas necesidades. Respetar las ajenas. Los primeros pasos para admirar y conservar una sociedad heterogénea, con muchos puntos de vista. Las mezclas homogéneas no tienen personalidad. En ocasiones, nos vemos (y me veo) tentados a defender lo nuestro sin considerar lo ajeno, sin darnos cuenta de que no somos los únicos en el mundo. No hay que caer en actitudes poco lógicas, no hay que tratar de defender lo indefendible. Pero tampoco podemos marginar, encarcelar, asesinar y quemar a nuestros conciudadanos por pensar diferente.  

Si arrinconamos a los libros, el Sabueso se volverá una realidad.

2 comentarios:

  1. Unj libro muy profundo, desde luego. Tengo que leérmelo.
    Aunque no sé cómo... (frustración, frustración).

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  2. Yo te lo dejo, obviamente.
    Muy buena la crítica, Midons. Como siempre.

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