23 de diciembre de 2012

Ciento ochenta.


21/12/2012

Nunca montaré un bar. O, al menos, nunca montaré un bar con mis compañeros de clase.
Lo normal es que a finales de 4º de la ESO, los alumnos hagan un viaje de fin de curso y salgan a conocer mundo, o a emborracharse, o a perder la virginidad; en fin, eso es lo que tenemos pensado nosotros (no lo de la virginidad, lo de conocer mundo…); en concreto, queremos viajar a Londres, uno de los países más caros de Europa (al final me voy a quedar con las ganas de ir a Roma). A cada uno nos asignaron uno o dos productos que comprar para el último día de clase antes de Navidad, y así montar un bar en el patio para cualquier niño, profesor o criatura (porque, creedme, hay mucha criatura por ahí suelta) que se dignase a comprarnos comida envenenada. Churros, chocolate, gofres, porras, café, zumos, refrescos, chuches, bizcochos… Teníamos de todo, pero sólo nos duró tres minutos después de la inauguración. En seguida se acabaron los churros y el chocolate.

— El niño este rubio dice que quiere dos churros.
— ¡Que ya no hay más!
— Joder, ¿y qué le digo?
— Que se coma los mocos que le están colgando, que alimentan más. ¡A mí qué me cuentas! Ya han ido Delac y Arnaxela a la churrería a por más.
— ¿Entonces…?
— ¡Pues una porra!

Así que tiramos de porras y vasos a medio llenar de zumo. Pero las profesoras de primaria (o sea, las criaturas que mencionaba antes), tampoco es que ayudasen mucho, sino todo lo contrario.

— ¡Vamos, vamos! ¡Qué fluidez que tenéis! ¡A ver, que estos niños, toodos ellos, quieren churros y chocolate! ¡¡No piden más!! ¡Ay por Dios, con vosotros un bar no dura ni dos días!

Y lo gracioso es que se llama Esperanza. Todavía me pitan los oídos.
Pero al final todo salió bien: los churros llegaron a tiempo, las oleadas de niños enfurecidos, hambrientos y con caries no dejaban de llegar y pedir y pedir y pedir chuches, el chocolate terminó por calentarse (y calentarnos las manos); y, entre oleada y oleada, hasta me daba tiempo de comerme un churro o dos (pagando, claro, ¿por quién me tomáis?). Yo salí a por cambio dos veces. Me tocó hacer de chica del cambio. Lo tomé como un halago. Otras veces soy la chica de la grapadora, otras la chica dormilona y otras la que va pisando huevos, así que sí, me lo tomaré como un halago. Primero me fui al chino que está enfrente del instituto/colegio.

— Hola. Mmh, perdone, ¿me podría cambiar esto (pongo tres euros en el mostradormássuciodelmundo) en monedas pequeñas?
— (Se queda mirando las monedas como embobado) Oh, sí sí.

La segunda vez fui al bar que está al lado del chino que está enfrente del instituto/colegio.

— Buenos días.
— Hola, ¿quieres algo?
— No, es que estamos haciendo una fiesta en el colegio y quería saber si me podías cambiar estos seis euros en monedas pequeñas.
— (Cogió los seis euros bruscamente y se fue a la caja registradora) Toma.
— No, no: en monedas pequeñas — digo al ver que el hombre me saca un billete de cinco y un euro.
— No tengo monedas pequeñas. ¿Esto no te sirve?
— Es que es para el cambio, tienen que ser monedas pequeñas.
— Pues no tengo. Y si no vas a consumir, vete.

Cogí los seis euros y me fui sin decir adiós. No es más borde porque no quiere, ¿cómo puede hablarme así con la cara de cachorrito que tengo? Tuve que irme al bar de la esquina, donde ahí sí que me dieron cambio. Mientras estaba esperando, no pude evitar escuchar la conversación del grupito de veinteañeros que estaba en el bar.

— Bueno, ¿entonces cuándo es el fin del mundo?
— Parece que te quieres librar de nosotros ya.
— Es para darme el último gusto de mi vida.
— Que es… — pregunta la única chica del grupo.
— Estrenar mi cama de matrimonio contig…
¡!
— Aquí tienes el cambio. Te lo doy en una bolsa, ¿vale? Porque son muchas monedas.
— Muchas gracias.
— Si necesitáis más, todavía me quedan un montón. Que os vaya bien el negocio.
— ¡Igualmente!

Y tan bien que nos salió. Recaudamos nada más y nada menos que trescientos seis euros. Al terminar la mañana, mientras unos estaban contando el dinero, aquí la servidora y unos cuantos más, estuvimos recogiendo el bar y cualquier cosa que nos encontráramos en el suelo. Entre gracia y gracia, la puerta se abrió.

— Os voy a tener que robar a Midons un momento — dijo el director —. Venga conmigo.

No sin antes lanzar una mirada de “Nos veremos en el infierno” a Delac, seguí al director hasta el despacho. Yo soy una chica muy buena, soy todo corazón, ¿qué tenía entonces que hacer ahí? Ah, y nerviosa, una chica muy nerviosa también. Sí, hombre, aunque no se me note. Que lo digo yo. Mis nervios aumentaron cuando, al entrar en el despacho, vi a la Señora House (mi tutora, la profesora de matemáticas. ¿Hay algo peor?) y a la Loca (la de inglés, la subdirectora; el pseudónimo le viene al pelo, aunque también la estaría bien House, por eso de la cojera…), las dos sentadas, la Señora House en el asiento del director.

— Hola Midons, ¿qué tal? — dice a modo de saludo la Loca.
— ¿Qué pasa? — pregunto yo toda inocente, con la tonta e infantil idea en la mente de que me iban a castigar sin recreo  durante dos meses por algo que ni siquiera había hecho.
— ¿Por qué crees que estás aquí? — me pregunta la Señora House, que ya se había levantado del sitio que le correspondía al director (¡y no a ella!) y estaba caminando hacia mi persona.
— Pues no sé, yo no he hecho nada.
— ¿No? — inquiere la Loca, medio en serio medio en broma.
— Anda, dáselo ya, que se pone muy nerviosa.
Y como un robot que obedece sus órdenes, el director, que estaba a mi lado, cogió una bolsa de encima de una estantería.
— Aaah… El premio del christmas (Ahora Caigo) — Cojo el regalo y le echo un pequeño vistazo: pinturas, rotuladores, ceras, pinceles, acuarelas, un juego de reglas, etc.
— A ver, a ver, deja que lo vea — me dice la Loca tendiéndome una mano.
— (Por dentro) ¡No! ¡Que me lo infectas!
— (Por fuera simplemente se lo di, sin decir nada).
— Uy, pero mira, Señora House, si tiene de todo.
— ¿Ah, sí? A ver, a ver. Anda (se pone a mi lado), ¿esto qué es?
— ¿No es un lápiz?
— Sí, es un lápiz. Pues con el lápiz puedes hacer los ejercicios de matemáticas. Y, ¡anda!, aquí hay una goma…
—… para borrar los que haga mal.

Risa generalizada de parte de los tres. Yo sólo acabé la frase para no tener que escucharlo de su voz, bien sabía que no se iba a callar, callarse no está entre su vocabulario. Y el último día de instituto acabó, al menos hasta el año que viene. Pero el día no terminó, ni mucho menos…

2 comentarios:

  1. ¿Cara de cachorrito? Si tú lo dices...
    (Soy Texter, mi alzhéimer me impide recordar la contraseña).

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