16 de marzo de 2013

Ciento noventa y dos.

Las personas más fuertes también se derrumban, y yo siempre he considerado a mi madre una mujer fuerte. Siempre lo haré. Sin embargo, las circunstancias nos pueden a todos, sin excepción.
Lleva sin trabajo un año, y mi padre no es que gane mucho en el mundo hostelero, así que lujos ninguno, ni siquiera para ir al cine. La gota que colmó el vaso fue el martes pasado, cuando tuvo un golpe con el coche. A ella no la pasó nada, claro, pero el coche… Digamos  que tiene una herida en la mejilla. El tipo con el que chocó era un completo gilipollas, pero para más gilipollas, los policías que echaron la culpa del accidente a mi madre (cuando no la tenía). Total, que como el seguro está a terceros y al haber quedado como culpable, no cubre el arreglo… Lo peor es que queríamos vender el coche.
He visto a mi padre llorar cuando era pequeña, sin embargo nunca recuerdo a mi madre haciéndolo. Hoy lo ha hecho.
Estaba hablando por teléfono con mis abuelos, y yo aún estaba en la cama, pero escuché perfectamente a mi madre. Cuando colgó, me levanté rápidamente y fui a abrazarla. Se echó a llorar. No sabía qué hacer, así que le abracé más fuerte y le di un beso.

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