9 de marzo de 2013

Ciento noventa y uno.


Ahora que estoy pasando mi decimosexto cumpleaños, y que ya estoy demasiado cerca (desgraciadamente) de la época adulta, precisamente ahora me siento una bala perdida. Lo atribuyo a la edad. Tengo muchos recuerdos de mis anteriores cumpleaños y, aprovechando esta soledad que se ha apropiado del salón, me he permitido rebuscar entre ellos. Camino peligroso eso de mirar entre los recuerdos, pero he hecho un esfuerzo. Y eso que yo de valiente tengo poco.

Me gustaría decir que los recuerdos que conservo de mis cumpleaños son los más bonitos del mundo. Lo típico, digo yo, que a los nueve me hubieran regalado mi primer videojuego, que los siete los celebrase en una “piscina de bolas” con mis amiguetes sudorosos, que sólo parásemos de tirarnos pelotitas para tomar un trozo de pizza y una Coca-Cola (¡pero sólo una, que los padres miraban y no querían tener a un niño revoloteando por ahí toda la noche!).

Mis cumpleaños han tenido sus particularidades. Me acuerdo de uno, precisamente en uno de estos centros comerciales con “zona habilitada para que los niños corran descalzos y no se claven trozos de cristal”, en el que unos chicos mayores no nos dejaron meternos a jugar al interior de la piscina de bolas, simplemente porque querían tenerla toda para ellos. Cuando se lo conté a mi madre, y ella me dijo que no importaba, que había mucho sitio donde jugar, me acuerdo que pensé: “Vaya mierda de cumpleaños…”, pero al instante dije: “¿Mierda? ¡Pero si es el mío, no puede ser una mierda!”. También recuerdo ese día por otra cosa, una tonta, sin importancia, pero graciosa. No sé por qué, mi mejor amigo de entonces y yo nos enfadamos; cómo no, nuestras madres nos obligaron a reconciliarnos, y para hacer las paces nos dimos un beso. No en la mejilla. Y, claro, a las madres lo único que les faltaba era sacar la cámara:

- ¡Oyoyoyoy! ¡Pero mira cómo se ha lanzado tu hijo a por la mía!
- ¿Mi hijooo? ¡Ha sido la tuya! Oye, Adri, sepárate que los besos se dan en la mejilla, ¿vale? En la mejilla…
- Eso, eso, contrólale. Habrá que ver de mayor a este muchacho, tendremos que encerrar a nuestras hijas en casa y al tuyo ¡ponerle un bozal!

Ay, Adrián, amigo mío… Ponte protector labial.

Otro cumpleaños que me marcó mucho, y ya en lo personal, fue el de los trece. Mi abuela paterna y yo estábamos muy unidas. La quería como a nadie en este mundo. Hay algunas veces que todavía me entra el berrinche si veo alguna foto de ella. El día que cumplí los trece, a mi abuela la ingresaron en el hospital. Tenía un cáncer de útero muy avanzado que ya nada se podía hacer por ella, y murió a los tres meses escasos. Ese día no entendí nada. Mi padre se fue a las diez de la noche, cuando llegábamos de celebrar mi cumpleaños, y yo ya pensé que se había enfadado con mi madre, la cual estaba también apagada. Me sentía fatal porque, joder, era mi cumpleaños, mi cumpleaños, ¿por qué se ponían así todos? ¿Por qué?
A los dos días, cuando nos lo contaron a mi primo y a mí, lo entendí todo. Mi mundo se hizo trizas. Aún se me desgarra algo cuando pienso en ella, en lo buena que era, en su cara, en la sonrisa… y en la cama del hospital que subía y bajaba.


Pero bueno, los días han pasado, al igual que un par de años y aquí estamos. Cumpliendo los dieciséis. Oh, Dios, dieciséis. Qué mal suena ya eso. Aceptaré con resignación que un año más es un año menos. Hay que ver, ¿eh? Hasta el más niño madura aunque no quiera. No quiero crecer, no quiero crecer. Ahora entiendo a esas personas que repiten curso, y no les culpo; el que quiera envejecer seguro que querrá volver a su niñez cuando sea adulto. Muchos me miran extrañados cuando ven mis estanterías y todos los muñecos que tengo acumulados, o cuando digo que me siento todavía a tomar la merienda para ver esos dibujitos que hoy día pocos recuerdan. No me da ninguna vergüenza reconocerlo. Cuando uno es pequeño no tiene maldad, sino un alma pura y un corazón que abre al primero que pasa. Larga vida por ese “¿Quieres ser mi amigo?” lanzado al primer niño visto en la playa. Cuando uno es pequeño, los héroes existen con traje y con capa; cuando eres adulto, son los villanos los que se apropian de la realidad, qué irónico que también lleven traje.

Lo echo de menos. Evito que pasen los años en mi mundo, pero hay veces que la creación se revela con el creador. La marea va subiendo rápidamente.

1 comentario:

  1. Felicidades, acabo de descubrir tu blog y a partir de ahora voy a leerlo siempre que pueda :-)

    ResponderEliminar