20 de agosto de 2013

Doscientos catorce.

Retazos de un sueño que parecen recuerdos lejanos.
Recuerdos lejanos que parecen retazos de un sueño.

Toqué la puerta del despacho del director dos veces antes de entrar y comprobé, desalentada, que estaba vacío. La sala se encontraba perfectamente ordenada: folios por un lado, bolígrafos por el otro y los libros sin tocar. Ni siquiera podía tratar de adivinar si había estado allí hacia mucho o poco tiempo. Cerré la puerta tras de mí, suspirando pesadamente. Tal vez podría probar con…
Emití un leve grito ahogado nada más volverme: un hombre con una túnica blanca me evaluaba con la mirada a un escaso metro de distancia. Me llevé una mano al corazón al tiempo que trataba de recuperar el ritmo normal de respiración. El pasillo estaba vacío cuan largo era, lo cual hacía de la escena algo un tanto espeluznante. Incómoda, comprobé cómo el Túnica blanca me observaba en silencio, sin inmutarse ante mi reacción. Carraspeé sin saber qué decir; consideraba maleducado el marcharme sin más, especialmente después de haber salido del despacho del director, estando éste vacío. Así pues, me decidí a preguntar:
—Disculpe, señor, ¿ha visto al director?
No hubo respuesta. No sé por qué supuse que aquel hombre extraño estaría informado de quiénes eran los profesores en ese colegio, aunque tal vez estaba equivocada. Cuando me disponía a explicarme, el Túnica blanca se volvió y echó a caminar hasta perderse tras la esquina del final del pasillo. No dudes un solo instante de que le habría seguido, extrañada, y habría tratado de arrancarle una mínima explicación ante su comportamiento. Sin embargo, algo en su mirada consiguió detenerme.
Lástima.

Una lágrima.
Sólo una, nada más. Pero suficiente.
La situación ya no sólo era extraña y confusa. Algo había comenzado a perforarme el pecho lenta y dolorosamente, un aviso que trataba de alertarme de que aquella tortura de ignorancia y confusión no había hecho más que empezar. La agresión se acrecentaba cada vez que veía cómo un Túnica blanca me miraba a los ojos, descubriéndome mientras los espiaba. Yo seguía incapaz de decirles nada.
El número de Túnicas blancas se había triplicado en los últimos días. Diferentes rostros portaban la misma expresión de implacable indiferencia. Alguna vez los descubría evaluándome por el rabillo del ojo; la gran mayoría, simplemente, pasaban de largo.
Por si la perturbadora presencia de los Túnicas blancas no era suficiente, no pude despachar mi malestar —disfrazado de indignación— con nadie. Y aquello era, con diferencia, lo que más había conseguido afectarme: ninguno de mis amigos dio señales de vida. No importaba a quién preguntara, todos me respondían lo mismo de ellos: no los habían visto. Rodeada de estudiantes, cada cual más desconocido que el anterior, no tenía con quién hablar. Necesitaba un consejo amistoso, una palabra de cariño, algo que me asegurara que esos extraños seres no estaban ahí para hacerme ningún mal. Pero no llegué a toparme con nadie que pudiera ofrecérmelo.
¿Quiénes eran los Túnicas blancas en realidad? ¿Nos vigilaban a todos los estudiantes por alguna razón en particular?
¿Me vigilaban por alguna razón en particular?

Quería creer que no se trataba únicamente de mi caso, a pesar de que, a medida que pasaban los días, cada vez tenía una mayor sensación de que yo era el verdadero y único objetivo de sus miradas. Por supuesto, yo seguía siendo la única que parecía percatarse de lo anómalo de su estancia en el colegio, lo cual se me antojaba aún más irritante.
«Sev lo entenderá —me decía—. Llegaremos juntos al fondo de este misterio.» Un enigma que, llegados a aquel punto, ya había comenzado a oprimirme el pecho. El dolor —tan absurdo como inexplicable— no me abandonaba, y sabía que tendría que resolverlo cuanto antes.
No obstante, daba la impresión de que Sev había desaparecido. En toda una semana no hubo rastro de él ni en las clases, ni en los jardines, ni en la biblioteca, ni siquiera hizo acto de presencia en la habitación de los chicos. Era natural que me sintiera preocupada por él: no había día en que no lo viera. No solía haberlo, al menos.
«De hoy no pasa —me propuse con decisión esa mañana—. Lo encontraré e investigaremos juntos.» Como siempre habíamos hecho.
Sev. Me gustaba Sev. Era… pura energía. Vivaz y alegre, siempre trabajando codo con codo a mi lado, apareciendo justo cuando lo necesitaba. Compañero de travesuras, magnífico confidente. El hermano que siempre había necesitado. Una sonrisa y dulzura inigualables, rondando siempre cerca.
Siempre, siempre cerca.

Mi entusiasmo por dar con él se fue evaporando a medida que la búsqueda se alargaba, sin dar con la pista de la que requería para encontrarle. Le busqué incansablemente. La biblioteca, las aulas abandonadas, los rincones más recónditos de los jardines.
La primera lágrima de rabia no se hizo de rogar. Era un colegio, ¡maldita sea! Tenía que estar en alguna parte. No podía haber desaparecido sin más.
Tardé un par de horas en dignarme a preguntar por él a los alumnos con los que me cruzaba, consciente de cuál sería su respuesta. La mayoría me miraba con extrañeza cuando le mencionaba, se encogía de hombros y afirmaba no haberlo visto. Lo más perturbador resultó ser que alguno se atrevió a confesar que no le conocía.
Y fue entonces cuando reparé en que yo tampoco conocía a ninguno de aquellos con los que me cruzaba. Aquello sí era extraño. Toda cara conocida había desaparecido, mientras toda una nueva pasarela de rostros desconocidos se cruzaba conmigo en su lugar.

La siguiente lágrima nació de la incomprensión y la impotencia. Algo estaba pasando y nadie parecía poder explicarme qué exactamente. Tenía que ver conmigo, exclusivamente conmigo. Entendí entonces que había pasado toda una semana sola. Total y completamente sola. «¿Por qué no me había dado cuenta antes?»
Nerviosa, eché a correr por los pasillos, buscando desesperada cualquier rostro que fuera capaz de ubicar. La mirada nublada y borrosa a causa de las lágrimas me impidió vislumbrar a dos o tres alumnos con los que choqué en mi carrera hacia ninguna parte. No hubo quejas o insultos; yo tampoco me disculpé. Ninguno me preguntó por qué lloraba.
Comprendiendo en mi fuero interno que tampoco encontraría a ningún profesor o a cualquier otro adulto que me ayudara en mis circunstancias, hice lo único que podía hacer: enfrentarme sola a un Túnica blanca. Con decisión, me dirigí al primero con el que me crucé.
— ¿Dónde está?
Cuando el Túnica blanca se volvió para mirarme, me sorprendí al percatarme de que ésta —era una mujer— sí tenía una expresión, un rostro claro, rasgos definidos que, al contrario que con los demás, sí podría recordar. Llevaba el pelo recogido en un moño práctico. Su color, negro como el ala de cuervo, contrastaba notablemente con su túnica, y también con su tez, nívea y de porcelana. Sus ojos claros me miraron con ternura, a la par que con cierta incomprensión. Opté por ser algo más explícita.
— Severt Doyle. —murmuré lentamente. Dudaba que conociera la identidad de buena parte del alumnado de la escuela, pero tenía la impresión de que, si ella no me podía ayudar, entonces nadie más podría.
La Túnica blanca no hizo más preguntas. Temí que se diera la vuelta y pasara de largo, tal y como hizo el primer Túnica blanca al que me dirigí la semana pasada. Sin embargo, me sonrió con cariño. Para mi sorpresa, parecía saber a quién me refería. Contuve el aliento esperando su respuesta. Su reacción no consiguió sino desconcertarme aún más: acariciando mi mejilla suavemente y retirando los restos que las lágrimas habían dejado sobre la misma, susurró:
— Midons, Sev no está aquí.
El eco de un grito atroz se extendió a lo largo del pasillo y me volví en su dirección. El tiempo se detuvo un frágil instante, el justo y necesario para reconocer aquella voz. Todavía sin asimilar las palabras de la Túnica blanca, salí corriendo. Yo lo sabía, lo sabía. Era su voz.
— ¡Dejadme verla! —chillaba la voz enrabietada, tan fuerte que difícilmente me aseguré de que no lo había hecho en mi oído. Casi podía imaginarme a Sev gritando junto a mí. Corría y corría sin mirar atrás, tropezando varias veces, moviéndome torpemente entre los estudiantes. Mis piernas no eran lo suficientemente rápidas, mis ojos no le encontraban por ninguna parte. Carcomida por la ansiedad, seguía corriendo, tratando de seguir el eco de su voz sin mucho éxito.
— ¡Dejadme verla! —chilló otra vez, aún más fuerte. Le oía cerca, sorprendentemente cerca, pero seguía sin hallarla.
— ¡Sev…! —grité desesperada.
Me detuve en seco tras escuchar mi propia voz. De pronto, entendí por qué creí haberle escuchado en mi propio oído.
Había gritado yo.
¿Había confundido mi propia voz con la de Sev? Simplemente, no era posible. Algo no encajaba, no encajaba desde hacía días. Asustada y perdida, caí de rodillas al suelo y me abracé con fuerza. Nadie se detuvo a mi lado a ofrecerme una mano amiga, ni cuchicheaba acerca de mi comportamiento. Hubiera temido que no pudieran verme, de no ser porque fácilmente me esquivaban, como quien esquiva una piedra en el camino. En el umbral del pasillo, un Túnica blanca sonreía, satisfecho.

La incomprensión y el miedo ganaron la batalla. Y lloré, lloré sin más.
¿Me estaba volviendo loca?
Apreté los ojos al percatarme de que tenía la repentina necesidad de arrancármelos de las cuencas.
— Midons, Sev no está aquí —repitió la Túnica blanca en alguna parte (quizá en mi cabeza).
«No, por supuesto que no.»
— Estoy sola.

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