Retazos de un sueño
que parecen recuerdos lejanos.
Recuerdos lejanos
que parecen retazos de un sueño.
Toqué la puerta del despacho del director dos veces antes
de entrar y comprobé, desalentada, que estaba vacío. La sala se encontraba
perfectamente ordenada: folios por un lado, bolígrafos por el otro y los libros
sin tocar. Ni siquiera podía tratar de adivinar si había estado allí hacia
mucho o poco tiempo. Cerré la puerta tras de mí, suspirando pesadamente. Tal
vez podría probar con…
Emití un leve grito ahogado nada más volverme: un hombre
con una túnica blanca me evaluaba con la mirada a un escaso metro de distancia.
Me llevé una mano al corazón al tiempo que trataba de recuperar el ritmo normal
de respiración. El pasillo estaba vacío cuan largo era, lo cual hacía de la
escena algo un tanto espeluznante. Incómoda, comprobé cómo el Túnica blanca me
observaba en silencio, sin inmutarse ante mi reacción. Carraspeé sin saber qué
decir; consideraba maleducado el marcharme sin más, especialmente después de
haber salido del despacho del director, estando éste vacío. Así pues, me decidí
a preguntar:
—Disculpe, señor, ¿ha visto al director?
No hubo respuesta. No sé por qué supuse que aquel hombre
extraño estaría informado de quiénes eran los profesores en ese colegio, aunque
tal vez estaba equivocada. Cuando me disponía a explicarme, el Túnica blanca se
volvió y echó a caminar hasta perderse tras la esquina del final del pasillo.
No dudes un solo instante de que le habría seguido, extrañada, y habría tratado
de arrancarle una mínima explicación ante su comportamiento. Sin embargo, algo en su
mirada consiguió detenerme.
Lástima.
Una lágrima.
Sólo una, nada más. Pero suficiente.
La situación ya no sólo era extraña y confusa. Algo había
comenzado a perforarme el pecho lenta y dolorosamente, un aviso que trataba de
alertarme de que aquella tortura de ignorancia y confusión no había hecho más
que empezar. La agresión se acrecentaba cada vez que veía cómo un Túnica blanca
me miraba a los ojos, descubriéndome mientras los espiaba. Yo seguía incapaz de
decirles nada.
El número de Túnicas blancas se había triplicado en los
últimos días. Diferentes rostros portaban la misma expresión de implacable
indiferencia. Alguna vez los descubría evaluándome por el rabillo del ojo; la
gran mayoría, simplemente, pasaban de largo.
Por si la perturbadora presencia de los Túnicas blancas
no era suficiente, no pude despachar mi malestar —disfrazado de indignación—
con nadie. Y aquello era, con diferencia, lo que más había conseguido
afectarme: ninguno de mis amigos dio señales de vida. No importaba a quién
preguntara, todos me respondían lo mismo de ellos: no los habían visto. Rodeada
de estudiantes, cada cual más desconocido que el anterior, no tenía con quién
hablar. Necesitaba un consejo amistoso, una palabra de cariño, algo que me
asegurara que esos extraños seres no estaban ahí para hacerme ningún mal. Pero
no llegué a toparme con nadie que pudiera ofrecérmelo.
¿Quiénes eran los Túnicas blancas en realidad? ¿Nos
vigilaban a todos los estudiantes por alguna razón en particular?
¿Me vigilaban por
alguna razón en particular?
Quería creer que no se trataba únicamente de mi caso, a pesar
de que, a medida que pasaban los días, cada vez tenía una mayor sensación de
que yo era el verdadero y único objetivo de sus miradas. Por supuesto, yo
seguía siendo la única que parecía percatarse de lo anómalo de su estancia en
el colegio, lo cual se me antojaba aún más irritante.
«Sev lo entenderá —me decía—. Llegaremos juntos al fondo
de este misterio.» Un enigma que, llegados a aquel punto, ya había comenzado a
oprimirme el pecho. El dolor —tan absurdo como inexplicable— no me abandonaba,
y sabía que tendría que resolverlo cuanto antes.
No obstante, daba la impresión de que Sev había
desaparecido. En toda una semana no hubo rastro de él ni en las clases, ni en
los jardines, ni en la biblioteca, ni siquiera hizo acto de presencia en la
habitación de los chicos. Era natural que me sintiera preocupada por él: no
había día en que no lo viera. No solía haberlo, al menos.
«De hoy no pasa —me propuse con decisión esa mañana—. Lo
encontraré e investigaremos juntos.» Como siempre habíamos hecho.
Sev. Me gustaba Sev. Era… pura energía. Vivaz y alegre,
siempre trabajando codo con codo a mi lado, apareciendo justo cuando lo
necesitaba. Compañero de travesuras, magnífico confidente. El hermano que
siempre había necesitado. Una sonrisa y dulzura inigualables, rondando siempre
cerca.
Siempre, siempre cerca.
Mi entusiasmo por dar con él se fue evaporando a medida
que la búsqueda se alargaba, sin dar con la pista de la que requería para
encontrarle. Le busqué incansablemente. La biblioteca, las aulas abandonadas,
los rincones más recónditos de los jardines.
La primera lágrima de rabia no se hizo de rogar. Era un
colegio, ¡maldita sea! Tenía que estar en alguna parte. No podía haber
desaparecido sin más.
Tardé un par de horas en dignarme a preguntar por él a
los alumnos con los que me cruzaba, consciente de cuál sería su respuesta. La
mayoría me miraba con extrañeza cuando le mencionaba, se encogía de hombros y
afirmaba no haberlo visto. Lo más perturbador resultó ser que alguno se atrevió
a confesar que no le conocía.
Y fue entonces cuando reparé en que yo tampoco conocía a
ninguno de aquellos con los que me cruzaba. Aquello sí era extraño. Toda cara
conocida había desaparecido, mientras toda una nueva pasarela de rostros
desconocidos se cruzaba conmigo en su lugar.
La siguiente lágrima nació de la incomprensión y la
impotencia. Algo estaba pasando y nadie parecía poder explicarme qué
exactamente. Tenía que ver conmigo, exclusivamente conmigo. Entendí entonces
que había pasado toda una semana sola. Total y completamente sola. «¿Por qué no
me había dado cuenta antes?»
Nerviosa, eché a correr por los pasillos, buscando
desesperada cualquier rostro que fuera capaz de ubicar. La mirada nublada y
borrosa a causa de las lágrimas me impidió vislumbrar a dos o tres alumnos con
los que choqué en mi carrera hacia ninguna parte. No hubo quejas o insultos; yo
tampoco me disculpé. Ninguno me preguntó por qué lloraba.
Comprendiendo en mi fuero interno que tampoco encontraría
a ningún profesor o a cualquier otro adulto que me ayudara en mis
circunstancias, hice lo único que podía hacer: enfrentarme sola a un Túnica
blanca. Con decisión, me dirigí al primero con el que me crucé.
— ¿Dónde está?
Cuando el Túnica blanca se volvió para mirarme, me sorprendí
al percatarme de que ésta —era una mujer— sí tenía una expresión, un rostro
claro, rasgos definidos que, al contrario que con los demás, sí podría
recordar. Llevaba el pelo recogido en un moño práctico. Su color, negro como el
ala de cuervo, contrastaba notablemente con su túnica, y también con su tez,
nívea y de porcelana. Sus ojos claros me miraron con ternura, a la par que con
cierta incomprensión. Opté por ser algo más explícita.
— Severt Doyle. —murmuré lentamente. Dudaba que conociera
la identidad de buena parte del alumnado de la escuela, pero tenía la impresión
de que, si ella no me podía ayudar, entonces nadie más podría.
La Túnica blanca no hizo más preguntas. Temí que se diera
la vuelta y pasara de largo, tal y como hizo el primer Túnica blanca al que me
dirigí la semana pasada. Sin embargo, me sonrió con cariño. Para mi sorpresa,
parecía saber a quién me refería. Contuve el aliento esperando su respuesta. Su
reacción no consiguió sino desconcertarme aún más: acariciando mi mejilla
suavemente y retirando los restos que las lágrimas habían dejado sobre la
misma, susurró:
— Midons, Sev no está aquí.
El eco de un grito atroz se extendió a lo largo del
pasillo y me volví en su dirección. El tiempo se detuvo un frágil instante, el
justo y necesario para reconocer aquella voz. Todavía sin asimilar las palabras
de la Túnica blanca, salí corriendo. Yo lo sabía, lo sabía. Era su voz.
— ¡Dejadme verla! —chillaba la voz enrabietada, tan fuerte que difícilmente
me aseguré de que no lo había hecho en mi oído. Casi podía imaginarme a Sev gritando junto a mí. Corría y corría sin mirar atrás, tropezando varias
veces, moviéndome torpemente entre los estudiantes. Mis piernas no eran lo
suficientemente rápidas, mis ojos no le encontraban por ninguna parte.
Carcomida por la ansiedad, seguía corriendo, tratando de seguir el eco de su
voz sin mucho éxito.
— ¡Dejadme verla! —chilló otra vez, aún más fuerte. Le
oía cerca, sorprendentemente cerca, pero seguía sin hallarla.
— ¡Sev…! —grité desesperada.
Me detuve en seco tras escuchar mi propia voz. De pronto,
entendí por qué creí haberle escuchado en mi propio oído.
Había gritado yo.
¿Había confundido mi propia voz con la de Sev?
Simplemente, no era posible. Algo no encajaba, no encajaba desde hacía días.
Asustada y perdida, caí de rodillas al suelo y me abracé con fuerza. Nadie se
detuvo a mi lado a ofrecerme una mano amiga, ni cuchicheaba acerca de mi
comportamiento. Hubiera temido que no pudieran verme, de no ser porque
fácilmente me esquivaban, como quien esquiva una piedra en el camino. En el
umbral del pasillo, un Túnica blanca sonreía, satisfecho.
La incomprensión y el miedo ganaron la batalla. Y lloré,
lloré sin más.
¿Me estaba volviendo loca?
Apreté los ojos al percatarme de que tenía la repentina
necesidad de arrancármelos de las cuencas.
— Midons, Sev no está aquí —repitió la Túnica blanca en
alguna parte (quizá en mi cabeza).
«No, por supuesto que no.»
— Estoy sola.
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