9 de agosto de 2013

Doscientos doce.

 Tus manos rebosaban tanta paz y yo debía declararte tanta guerra…

Una relación enfermiza que a ella le roba el sueño cada noche. Una relación tan posesiva que roza la locura, la misma que él se prometió una vez no volver a tener nunca más y, sin embargo, vuelve a caer.
Quién sabe si no es mejor que todo esto le robe el sueño a ambos; al fin y al cabo, las pesadillas los despiertan de todas formas y ni siquiera los encuentran en la misma cama.

Él anda con otras y ella se enciende un cigarro en un intento de creer que es el piti de después de, y así recuperar ese ansiado calor que se refugia en el pecho y la hace tiritar de ganas de seguir viviendo. Pero un par de caladas profundas ya no bastan para olvidar.

¿Dónde les está llevando todo eso?
¿Cómo han llegado hasta el punto de no recordar nada de lo que un día fueron?

Sólo quedan cenizas, los resquicios de una felicidad marchita que queda muy lejos. Quién les viera y quién les ve. Un día llegaron a amarse tanto que daba envidia verlos besarse y mirarse con los ojos encendidos. Es precisamente ese recuerdo el que los hace morir poco a poco cada vez que se dan cuenta de lo lejos que están; cada uno vive en un punto del mapa… Y cuánto le gustaría a él doblar ese mapa para poder recorrer una vez más las curvas de su mujer. Pero ella ya no le dejaría. No. Ya no.

Ese jarrón tan bonito quedó hecho añicos en el suelo tras una discusión. Antes sólo habían discusiones en las que ambos acababan devorándose y arrancándose la ropa. Así da gusto pelearse, pensaba él. Sexo sin más sentimientos que el deseo de sentir calor. Pero ya habían hecho demasiadas veces el amor y ahora tenían que deshacerlo.


…Si fui a curarte las heridas fue tan sólo con el fin de seguir matándonos después.

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