1 de marzo de 2014

Ciento treinta y dos.

Quise llamarte, pero me contuve. Suelo hacerlo. Iba por la A, la B, la C… Así hasta llegar a tu nombre.

Pero en ese momento dije “Bah, qué tontería. ¿Para qué? ¿Sentirme vulnerable?”
O quizás me daba miedo tu respuesta.

Supongo que lo cogerías y hablaríamos de mil tonterías, pero luego qué. Eso fue lo que me detuvo: luego qué. Siempre viene un luego y ahora mismo no lo quiero.

Entonces llegué a mi casa. Volví a coger el móvil. Hice lo mismo otra vez. Encendí la lámpara de lava y me puse esa canción que me recuerda a ti. Entonces cogí el lápiz. A ver. Escribir. Decir lo que sientes. Pero no es sencillo, no es sencillo cuando tienes ideas arremolinadas en la cabeza y no saben salir.

O no quieren. No sé.


Quizás hubiera sido mejor mantenerme quieta. Alejar el móvil para no cometer tal tontería. Para no llamarte y no repetir el itinerario de la A, la B, la C… Y así hasta llegar a tu nombre.

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