4 de julio de 2012

Ciento cuarenta y cinco.

Llevo semanas buscando el monedero. ¿Semanas? ¡Meses! Por lo visto mi madre lo guardó al ver que el dinero desaparecía cada dos por tres. Ojo, no era yo quien se lo gastaba; y si no era yo y mucho menos mi madre, ¿quién va a ser…?

Bueno, el hecho es que lo guardó tan bien que no sabe dónde está. Tenía unos cuarenta euros contados ahí, aparte del DNI y del carnet de la biblioteca. No me he vuelto a acordar del monedero hasta hoy, que tengo que hacer una fotocopia para la matrícula del colegio del DNI; los cuarenta euros ya ni me importaban y el carnet de la biblioteca raramente lo iba a utilizar. Bien, pues me pongo a buscar el monedero como alma que lleva el diablo, a toda leche, revolviendo cajones, armarios, camas y paredes. Nada. Vuelvo a hacer otro reconocimiento a la casa, más exhaustivamente y… ojalá no lo hubiera hecho.

Fui a la habitación de mis padres y miré en la cómoda, donde se guardan las pulseras, relojes, anillos y esos trastos. Encontré un sobre transparente que me llamó la atención: una carta con la letra de mi madre. Al principio me resultó raro. ¿Carta, a mano, no e-mail, no SMS, bolígrafo? ¿¡A mano!? Abrí el sobre y me dispuse a leer las primeras líneas. Lo primero que veo es la fecha, escrita en el margen superior izquierdo.

21/11/2002

Por ese entonces tendría yo, exactamente, cinco añitos. Tan mona yo ahí con mis cinco años… Esperaba encontrarme con una carta de amor, de esas que abochornan al volverlas a leer diez años después; o que, en cambio, te hacen llorar al recordar ese tiempo ya pasado de juventud. Pero la primera frase lo decía todo, y las que la seguían lo concretaban: “Bueno, esto se ha terminado. No hace mucho que te dije que te daba una última oportunidad, pero por lo que recuerdo llevo dándote oportunidades desde hace cinco años”. Paré de leer.

– ¿Qué es eso, una carta de amor? – me dice mi padre, que estaba en la habitación de al lado, y como teníamos las puertas abiertas, él me veía perfectamente.
– Sí, sí.

Doblo la carta (que son tres folios escritos por anverso y reverso) y la vuelvo a meter en el sobre. La meto en el cajón y lo cierro. No quería leerla, yo no quería. Pero las circunstancias (mi madre viendo la tele y mi padre en la otra habitación viendo una película) me decían que podía, y me he permitido darle el vuelco a ese refrán que, creo, todos conocemos. Poder es querer (“querer es poder”), así que quise leerla. Así como quien no quiere la cosa, fui a la habitación donde estaba mi padre viendo Terminator (o al menos alguna del Suarseneguer ese).

– Baja eso un poco, ¿no?
– Vale, vale.
– Más. – insistí.
– ¿Más?
– Más.
– Ya.
– No. Más.
– ¿Ya?
– Ya. – me di la vuelta y, con un gesto aparentemente inconsciente, empujé la puerta para cerrarla, o al menos dejarla todo lo cerrada que se pudiera.

Me fui de nuevo a la habitación de mis padres. Abrí el cajón y el sobre, cogí la carta y me la llevé hasta mi habitación a escondidas. Leí un poco (la primera cara), pero mi madre me abrió la puerta y tuve que poner los folios debajo de mí para que no me descubriera.

– ¿Qué quieres de cenar?
– No tengo hambre…
– ¿Qué quieres de cenar?
– ¿Qué hay?
– Comida.
– (…) Pues lo que sea, pero con carne.
– ¿Patatas o ensalada?
– No tengo hambre, mamá…
– ¿Ensalada?
– Patatas. – y se fue. Por los pelos.

Pero no me iba a quedar ahí para leer esa maldita carta, no podía correr el riesgo de que volviese para preguntarme qué agua quería: ¿potable o no potable? Me metí la carta debajo de la camiseta y fui hacia el cuarto de baño. Puse el pestillo y, por fin, la leí hasta el final.

Como ya he dicho, estaba fechada en el 2002, a finales de año. Una frase que me dejó el alma al nivel del infierno fue la siguiente: “Si no soy feliz ahora, no me imagino diez años más a tu lado”. Y no seré una cerebrito de las matemáticas, pero creo que han pasado diez años (para los tiquismiquis, sé que se cumplirán en Noviembre). Supongo que os habréis hecho una idea de qué contenía la carta. “El amor se acaba, Javi, y el mío ya lo hizo hace tiempo”, “Si he aguantado tanto es por la niña, pero espero que al menos por ella lleguemos a un acuerdo”.

Sí, es cierto que hubo una época en la que el matrimonio de mis padres estaba completamente roto. Me pregunto de dónde sacaron el pegamento para arreglarlo todo, si es que lo han comprado. A mis siete años o seis sí había riñas gordas, me acuerdo que una vez mi padre no apareció por casa durante días. “Es mejor dejarlo ahora, porque la niña cuanto más mayor es, más lo va a sufrir”. También tiene razón. Las riñas todavía siguen, esta misma tarde ha habido una, pero… es que lo veo tan normal que ya ni me impresiona. No sabía que estuvieran así, sé que no son el matrimonio perfecto, tienen sus riñas, sus momentos, sus discusiones… Y, de alguna forma, sabía que no eran del todo felices. Al menos no mi madre. Y eso lo deja escrito en mayúsculas en la carta.

Recuerdo que me lo intentaron explicar, que el amor se termina pero los dos te vamos a seguir queriendo igual; recuerdo que mis abuelos intervinieron muchas veces en las discusiones que se formaban en el pueblo o en Asturias. Y todo lo he recordado hoy, cuando leía la carta de mi madre que escribió hace diez años a mano y con bolígrafo verde.

No sé si pedirles una explicación, si sacar el tema a colación; o mejor quedarme callada como he estado todos estos años.

La cuestión es si ahora mi madre es feliz. Y si lo soy yo.


De una cosa estoy segura: el monedero lo va a buscar su tía.

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